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Estamos preparando una queimada en mi casa en Durango. Afuera, la silueta imponente del Anboto se dibuja bajo la noche iluminada por la luna y la niebla que acaricia los cristales. Sobre la mesa, el recipiente de barro cocido está listo.
Dentro, el aguardiente espera la llama. Esta noche no es una noche cualquiera. Alrededor del cuenco, tres figuras de mito se han reunido en Durango, convocadas por el aroma de aguardiente, azúcar, café y limón. En un rincón, sentado con la espalda recta y las manos llenas de viejas cicatrices, está Prometeo. Observa el alcohol puro con una mezcla de nostalgia y respeto. Él, que robó el fuego de los dioses para dárselo a los hombres, sabe que lo que está a punto de encenderse es un fuego distinto. Un fuego que no destruye, sino que purifica. A su lado, Pandora sostiene entre sus manos un pequeño cofre de madera tallada. Ya no hay miedo en sus ojos. Aprendió hace milenios que la curiosidad es el motor del alma y que, en el fondo de cualquier caja, por oscura que sea, siempre aguarda la esperanza. De pie junto a la ventana, mirando hacia las cumbres, se encuentra Mari, la dama de Anboto. Viste un manto de niebla y sus ojos brillan con la fuerza de la tierra vasca. Ha bajado de su cueva esta noche porque el viento le sopló un aroma gallego que cruzó el Cantábrico. Un aroma que habla de conjuros, de meigas y de almas que buscan la paz. Prometeo se acerca al cuenco.
Con un gesto rápido, enciende un fósforo y lo acerca al aguardiente. Una llama azul, pálida y mística, brota instantáneamente, iluminando las paredes de la casa. «Esto es lo que los humanos hicieron con mi regalo», susurra Prometeo con una sonrisa cómplice. Pandora se acerca, fascinada por el baile azulado. Abre su caja, pero esta vez no salen males. Saca un puñado de granos de café y un trozo de canela y los vierte en el fuego. «Que este fuego consuma las dudas», dice Pandora, mirando cómo el azúcar se carameliza en el fondo. «Que solo quede la curiosidad limpia, el deseo de descubrir». Entonces, Mari da un paso al frente. El fuego azul parece inclinarse ante su presencia. Ella no necesita el conjuro tradicional gallego. Ella fusiona la fuerza del norte. Removiendo el caldero con una rama de roble, su voz resuena como el trueno lejano: «No es habitual que las fuerzas de la noche me obliguen a compartir mi territorio, y menos con extranjeros del Olimpo. Pero este fuego, este fuego tiene la insolencia que me agrada. Habla, Titán, ¿por qué nos has reunido aquí?». Prometeo: «Porque las sombras saben que el mundo se está volviendo frío, Mari. Los mortales ya no miran al cielo con asombro, ni temen a la tierra. Nos han convocado porque tú, yo y el contenido de ese caldero compartimos la misma esencia, la chispa de la rebeldía. Yo les di el fuego babilónico. Tú gobiernas el rayo. Esta queimada es el puente». Pandora, observando fijamente el fondo del caldero, donde el azúcar empieza a caramelizarse:
«Todos hablan siempre del fuego de Prometeo, o de lo que guardo en mi caja. Pero nadie entiende que el verdadero peligro nunca fue el fuego, sino las ganas de descubrir qué pasa cuando lo enciendes». Mira a Mari con una sonrisa enigmática. «Diosa, ¿qué crees que pasará si vertemos la última gota de este licor purificado sobre tus prados?». Mari detiene el cucharón. Sus ojos brillan como el azabache. «El equilibrio de Vizcaya no se altera a la ligera, humana. Si este licor purifica las meigas y los malos espíritus, como dicen las viejas lenguas del oeste, limpiará también el miedo de los hombres. Y un hombre sin miedo es un peligro para los dioses». Prometeo suelta una carcajada limpia que hace eco en las peñas de Durango. «Por eso mismo estamos aquí. Bebe, Mari, deja que el aguardiente bendecido por el fuego disuelva la rigidez del Olimpo y de tus cumbres». Pandora, levantando su taza de barro, rozando apenas la de la diosa: «Un brindis por las cosas que no podemos controlar, por la curiosidad, por el trueno y por la noche que nos ha unido». Mari, tras un silencio tenso, mientras una sonrisa severa dibuja su rostro, eleva su taza. «Beiti ve, gora ve, o de iba coiste. Que el fuego hable y la noche calle. Bebamos». El cucharón se elevó, derramando una cascada de llamas azules de vuelta al caldero, sellando un pacto silencioso entre la mitología vasca, el mito griego y el conjuro gallego. «Mouchos, coruxas, sapos e bruxas».
Comienza a recitar Prometeo, recordando las palabras del viejo rito. "Que los espíritus de la noche huyan, que las sombras se disuelvan", añade Pandora. "Y que la tierra de Durango os dé cobijo", sentencia Mari, su voz resonando como el eco de la cueva de Anboto. "Daviltzan nire lurretan, y zara urdinon empean". Que el fuego purifique lo que el viento trajo, y que esta casa sea templo de historias. El aguardiente va apagándose lentamente, dejando un líquido dulce, caliente y reconfortante. Las llamas azules se extinguen, pero el calor en el salón es absoluto. Prometeo sonríe, sabiendo que su castigo valió la pena cada vez que los mortales se reúnen así. Pandora cierra su caja, sabiendo que la verdadera magia ya está fuera. Y Mari, con una última mirada hacia el Anboto a través del cristal, bendice la mesa antes de diluirse sutilmente en el aire de la noche. En mi casa de Durango, el aroma a queimada y mitología queda flotando, listo para inspirar la próxima gran historia. El aire se volvió más ligero, como si el fuego estuviera abriendo un portal, limpiando las envidias, las meigas y los males del cuerpo y del alma. El calor del aguardiente iluminaba los ojos de todos. Ya no había frío, solo quedaba el magnetismo del fuego purificador. El cucharón se alzó una última vez, colmado de llamas líquidas, y la voz, ahora firme y poderosa, rompió el silencio con el conjuro.