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Zugarramurdi (Navarra)

A principios de 1609 el rey francés Enrique IV, fiel creyente, embarcó a sus mejores jueces y hombres de fe en una caza de brujas para eliminar la hechicería en el sur del territorio galo. Muchas personas, temerosas de ser purgadas y ajusticiadas, huyeron a la vecina España. Entre ellas una joven, María de Ximildegui, que regresó a su pueblo Zugarramurdi (Navarra), situado a escasos kilómetros de la frontera

Interrogada por el párroco local, y temiendo lo peor. A cambio de su salvación, la mujer confesó haber participado junto a otros vecinos del pueblo en reuniones paganas en las que se veneraba al diablo en el ‘akelarre’, el prado del macho cabrío, en euskera. María aseguró haber practicado la brujería, e incluso volado, con la ayuda del maligno

Sus palabras llegaron a oídos del tribunal de la inquisición de Logroño, que inició una investigación.  El resultado fue un auto de fe en el que se juzgó a nada menos que 53 personas de la comarca: 21 quedaron en libertad, otras 21 fueron acusadas de delitos menores y al resto se les condenó a morir en la hoguera

El ocho de noviembre de 1610, las 11 supuestas ‘brujas’ ardieron en la plaza mayor de Logroño. Cinco de ellas, que ya habían fallecido durante el proceso víctimas de las torturas o el suicidio, fueron quemadas en efigie junto a sus restos mortales. Además, la iglesia instaló 10 cruces para proteger al pueblo y resguardarlo de las garras del mal

La repercusión que aquel acto de fe tuvo en toda Europa provocó el nacimiento de la leyenda negra de Zugarramurdi, ‘el salem español’ o ‘el pueblo de las brujas’. Brujas que tiempo después se descubrió que no eran tales. No pasaban de ser una suerte de curanderas naturistas con alto conocimiento de las plantas y los animales, que consumían diferentes ungüentos alucinógenos para alterar su nivel de conciencia y buscar de otros planos existenciales

La nueva situación condujo a “la incomprensión de las nuevas acusaciones del tribunal por parte de los acusados; encierro nocturno de los niños y adolescentes en las iglesias para que no les raptase el diablo; aprovechamiento de ciertos vecinos para dar listas de acusados a trueque de incentivos económicos; amenazas, castigos y torturas de vecinos por otros vecinos para que se autoacusasen”. “En fin, un querer salvarse cada cual como fuere, aun recurriendo a la delación falsa”.

La acumulación de poder (judicial, legislativo y coercitivo) en manos de los monarcas absolutistas los empujó a buscar nuevas coartadas para emplear mano dura con el pueblo con el objetivo de pugnar en fronteras, como la del Bidasoa, la más antigua de Europa: “Para levantar esa frontera hubo que construirla antes en la imaginación de los fronterizos: a base de amedrentar a la población fronteriza que ni hablaba francés ni español y que la traspasaba sin saber que pasaba una frontera. La persecución de una supuesta brujería echó el cemento para sedimentarla en la mente de la población”.

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