



El viento de la costa lucense soplaba con la fuerza justa para no desestabilizar las hélices, pero lo suficiente como para recordar quién mandaba allí. En la pantalla de mi mando, el Faro de la Atalaya de San Cibrao recortaba su silueta blanca y cilíndrica contra el mar Cantábrico. Era el atardecer, la hora mágica donde la piedra parece encenderse antes de que lo haga la propia linterna del faro.
Arranqué los motores. El zumbido del dron rompió el murmullo de las olas por un instante antes de elevarse en vertical.
A cincuenta metros de altura, San Cibrao se transformó. La península de la Paz parecía un brazo de roca protegiendo al pueblo de las embestidas del océano. Llevé el dron hacia el norte, buscando un plano cenital del faro. En la pantalla, la estructura parecía el eje de un compás gigante trazando círculos de luz invisibles sobre el agua.
Decidí hacer una órbita perfecta alrededor de la linterna. El sol, ya bajo, teñía el mar de un tono cobrizo y violáceo. Fue en el segundo giro cuando lo vi. O, mejor dicho, cuando la cámara lo captó.
Alrededor del faro, donde la maleza y las rocas se encuentran con los viejos muros, la lente del dron empezó a registrar unas extrañas distorsiones ópticas. No eran las típicas interferencias de señal. Eran ondas concéntricas de calor, como las que se ven sobre el asfalto en agosto, pero allí la temperatura rozaba los doce grados.
Movido por la curiosidad, incliné la cámara del dron hacia abajo. En la esquina del encuadre, cerca de la base del faro, la figura de un hombre mayor miraba fijamente hacia el cielo. Llevaba una chaqueta de lana oscura, impermeable, de las que ya no se fabrican. Lo curioso no era su presencia —San Cibrao es tierra de paseantes y pescadores— sino que, a través de la pantalla digital, su silueta no se veía nítida; vibraba, como si estuviera hecha de estática de televisión antigua.
Giré el dron para enfocarlo directamente. El hombre levantó una mano y saludó a la cámara con una sonrisa pausada, de esas que guardan más secretos que palabras. Luego, señaló con el dedo hacia el islote de Ansarón, que se alzaba oscuro y majestuoso a lo lejos.
Parpadeé para mirar el faro directamente con mis propios ojos, apartando la vista del monitor.
Allí abajo no había nadie. La Atalaya estaba completamente desierta.
Volví a mirar la pantalla con el corazón acelerado. El hombre seguía allí, inmóvil en el visor digital, pero invisible para el ojo humano. Con un movimiento rápido de los dedos en el joystick, grabé la secuencia en alta definición. En ese mismo instante, los sensores de proximidad del dron empezaron a pitar con fuerza, alertando de un obstáculo inminente, aunque el cielo estaba despejado.
Una ráfaga de viento repentina, helada y con olor a madera quemada y salitre, sacudió el aparato. En el monitor, antes de que la señal parpadeara y se cortara por un segundo, vi al anciano hacer un gesto de despedida y caminar hacia el borde del acantilado, disolviéndose en la bruma de la tarde como si fuera humo de una vieja hoguera.
Cuando recuperé la conexión, la base del faro estaba vacía tanto en la pantalla como en la realidad.
Regresé el dron a la zona de aterrizaje con las manos temblorosas. Los motores se detuvieron y el silencio de San Cibrao volvió a adueñarse del lugar, interrumpido solo por el graznido de una gaviota real.
Ya en casa, conecté la tarjeta de memoria al ordenador, ansioso por revisar el metraje. El plano cenital del faro era espectacular; la luz del atardecer sobre el Cantábrico, perfecta. Pero al llegar al minuto de la órbita, el vídeo se llenaba de un ruido digital bellísimo, una danza de píxeles dorados y azules que borraba la figura del anciano, dejando solo una sombra difusa y el perfil nítido del Faro de la Atalaya.
Dicen los viejos del puerto que los faros no solo guían a los barcos vivos, sino que a veces retienen las miradas de los que custodiaron la costa durante siglos. Aquella tarde, mi dron no solo grabó un paisaje; capturó el saludo de un viejo farero que, desde algún rincón del tiempo, sigue vigilando que la luz de San Cibrao nunca se apague.