top of page
Matxitxako-21-7-2025.png
Gaztelugatxe-21-7-2025.png
merged_edited.jpg

El amanecer en la costa de Bizkaia no despierta despacio; estalla. Aquella mañana, el Cantábrico estaba inusualmente calmo, como un espejo de acero templado. Llevaba meses planeando este vuelo, esperando el día perfecto en el que el viento diera una tregua. 

Mi objetivo: capturar la dualidad de dos gigantes de la costa vasca, el imponente Faro del Cabo Matxitxako y la mística ermita de San Juan de Gaztelugatxe. 

El primer despegue fue en Matxitxako. Elevé el dron a cincuenta metros y, de repente, el viejo faro del siglo XIX y su hermano moderno parecieron dos guardianes de piedra vigilando la inmensidad del mar. 

Desde allí arriba, el Cantábrico parecía un inmenso lienzo azul, salpicado por el blanco de las olas que rompían contra los acantilados. 

El dron avanzó con calma, dejando que el viento le mostrara el camino. Sobrevoló el faro, que seguía vigilando el mar como lo había hecho durante generaciones, guiando a los navegantes incluso en las noches más oscuras. 

La luz dorada del sol naciente golpeó la estructura blanca, proyectando una sombra larguísima sobre los prados verdes que mueren en el acantilado. La cámara captaba el contraste absoluto: la firmeza de la ingeniería humana frente a la caída libre de la roca hacia el mar. 

Pero el plato fuerte venía después. Volé siguiendo la línea de la costa, sorteando mentalmente las corrientes de aire, arrastrando el objetivo hacia el oeste. Y entonces, apareció en el encuadre. 

!San Juan de Gaztelugatxe¡

Verlo desde el suelo es impresionante, pero desde el aire es una experiencia casi religiosa. La isla rocosa emergía del agua como el lomo de un dragón dormido. Inicié un plano secuencia largo, descendiendo suavemente desde las nubes hacia el estrecho puente de piedra. Los 241 escalones zigzagueaban en la pantalla como una cicatriz de piedra que desafiaba a la gravedad. 

Gané un poco de velocidad para simular el vuelo de una gaviota. Pasé rozando los muros de la ermita, justo en el punto más alto, donde la campana esperaba silenciosa. En ese momento, el sol se filtró entre una nube baja, iluminando el agua que rodeaba las rocas con un tono verde esmeralda que parecía sacado de una película de fantasía. El dron flotaba allí, inmóvil en el aire, grabando el romper perezoso de las olas contra los arcos naturales de la roca. Era la comunión perfecta entre la historia, la leyenda y la naturaleza salvaje. 

El aviso de batería baja dio un pitido seco. Inicié el regreso a casa. Sabía que lo que acababa de registrar no era solo un vídeo en alta definición. Había atrapado un instante de magia pura, el día en que un faro y una ermita compartieron sus secretos con un pájaro de metal. 

Mi Matxitxako y Gaztelugatxe
00:00 / 03:59
bottom of page