



Hacía una tarde perfecta de verano en la costa asturiana. La brisa del mar Cantábrico traía el salitre y el murmullo de las olas chocando suavemente contra las rocas del puerto. En la cima del acantilado, erguido y majestuoso, el Faro de Candás vigilaba el horizonte.
Preparé todo el equipo con detalle y con un leve movimiento de los joysticks, el dron se elevó suavemente, dejando atrás el suelo y ganando altura en segundos.
Mientras ascendía, el faro parecía hacerse más grande, como si quisiera contarme algo. Las olas rompían con fuerza, el Cantábrico brillaba bajo la luz del sol y cada rincón revelaba una belleza que desde tierra pasa desapercibida.
Entonces ocurrió la magia. El dron comprendió que aquel lugar no era solo un faro: era la memoria de los marineros, el refugio de las tormentas y la esperanza de quienes regresaban a casa guiados por su luz.
A través de la pantalla del control, las pintorescas casas de Candás y su puerto pesquero se veían como una hermosa maqueta costera.
El mar se extendía infinito, dibujando destellos dorados con la luz del atardecer.
Las paredes de roca cobraron una dimensión imponente vistas desde el aire.
Descendí un poco para volar en línea recta sobre la costa, siguiendo la trayectoria de una ola que rompía en la base de los acantilados. La fluidez del movimiento del dron hacía que las imágenes parecieran sacadas de un documental de cine.
Con la batería avisando que era momento de volver, inicié la maniobra de retorno. El dron aterrizó con precisión milimétrica sobre la alfombra de despege.
Apagué los motores y retiré la tarjeta de memoria. Sabía que al conectar esa tarjeta al ordenador, no solo tendría un vídeo espectacular desde el aire, sino el recuerdo imborrable de un día perfecto capturando la magia de Candás a vista de pájaro.