



En Biarritz soplaba una brisa que solo el Cantábrico tiene. Era el atardecer, la llamada "hora dorada", cuando la luz se vuelve de un tono naranja casi irreal. Llevaba meses planeando este viaje por la costa vascofrancesa con un único objetivo: capturar el faro de Biarritz desde el aire.
Instalé la base en el acantilado del Cap Hainsart. A mis pies, el mar rompía contra las rocas negras. Frente a mí, majestuoso y blanco, se alzaba el gigante de 44 metros, inmóvil ante el tiempo desde el siglo XIX.
Saqué el dron de la mochila. Mis manos temblaban un poco, no por el frío, sino por el respeto que me daba el viento. Calibré los satélites, comprobé la batería y encendí los motores.
"Tres, dos, uno... al aire".
El dron se elevó en vertical, ganando altura rápidamente. En la pantalla la perspectiva cambió por completo. La escala humana desapareció. Vi el lujo de la ciudad a lo lejos, pero mi objetivo estaba en el primer plano.
Llevé el dron en línea recta hacia el faro, luchando contra una ráfaga lateral que hacía que los motores se esforzaran. Decidí arriesgar y hacer una toma en órbita: un giro perfecto de 360 grados alrededor de la linterna del faro justo cuando se encendía.
Al fondo, la interminable playa de Anglet se curvaba hacia el horizonte, perdiéndose en la bruma marina.
Bajé el dron a ras de agua, esquivando la espuma de las olas que golpeaban la base del acantilado, para luego hacer un ascenso vertical rápido pegado a la torre blanca. La textura de la piedra, el contraste del faro contra el cielo azul... todo encajaba.
Volé unos metros más allá del borde, dejando el dron suspendido sobre el agua. La perspectiva cenital mostraba el agua chocando con fuerza y creando una espuma blanca que contrastaba con los tonos ocres de la roca viva.
Tras un par de órbitas perfectas alrededor de la cúpula del faro, inicié el regreso a casa. El Mavic Mini aterrizó suavemente, con la tarjeta de memoria llena y listo para contar una nueva historia en el mar.