



El aire de Getxo siempre huele a salitre, pero esa mañana el Cantábrico tenía un aroma especial, limpio, como si se hubiera lavado la cara para salir guapo en el vídeo. Coloqué la batería en el dron, ajusté las hélices y limpié la lente de la cámara con cuidado, casi con el mismo mimo con el que un cirujano prepara su bisturí. Mi objetivo del día: capturar la majestuosidad del muelle de Arriluze y la silueta vanguardista de la terminal de cruceros.
Encendí el mando. El zumbido dijo: "Listo para el despegue". Un suave toque en los joysticks y el dron se elevó, ganando altura rápidamente mientras el mundo abajo se volvía minúsculo.
Primero pasé sobre el muelle. Desde el aire, los bloques de hormigón que frenan las embestidas del mar parecían un mosaico perfecto tallado por gigantes. Avancé siguiendo la línea del espigón, donde el faro de Arriluze, con su porte clásico y elegante, se recortaba contra el agua azul profundo. Un par de madrugadores paseaban con sus perros, ajenos a que desde el cielo, parecían pequeñas hormigas disfrutando de la brisa.
Bajé el dron a la altura del muelle. El sol apenas empezaba a teñir de naranja el Abra de Bilbao cuando un hombre jubilado llegó al muelle.
Se sentó en su banco, desde donde se veía perfectamente la explanada de cruceros. Aquella mañana, un gigante de diez cubiertas, el Azure Dream, estaba atracado. Sus motores emitían un zumbido grave, una vibración que se sentía en las plantas de los pies.
El hombre recordó cuando el puerto era pura faena de hierro y carga, años antes de que la terminal se convirtiera en esta puerta al mundo.
Cuando el Azure Dream soltó amarras y comenzó a girar, despidiéndose con un largo y profundo bocinazo, la terminal quedó un poco más vacía. El hombre se levantó, se ajustó la boina y comenzó su camino de vuelta, sabiendo que mañana, cuando los primeros rayos de luz tocaran el cristal de la terminal, otro gigante llegaría para contarle nuevas historias.
Giré la cámara para enfocar hacia la terminal de cruceros. La transición visual fue brutal: pasé de la piedra y la tradición del muelle a la modernidad más pura. La cubierta de la terminal, con sus líneas aerodinámicas que imitan las olas del mar o el diseño de un gran barco moderno, brillaba bajo los primeros rayos de sol. Parecía una escultura de metal y cristal flotando sobre el muelle de cruceros.
Hice un vuelo orbital en círculos perfectos alrededor de la terminal, manteniendo el encuadre centrado en su arquitectura. El reflejo del sol en los paneles de la fachada creaba destellos dorados que sabía de sobra, iban a quedar espectaculares en la edición posterior. Justo en ese momento, un pequeño velero salía del Puerto Deportivo, dejando una estela blanca en el agua que cruzaba el encuadre. Una toma de película.
Con la batería al 20 %, era hora de volver. Inicié el camino de regreso, bajando la altitud poco a poco mientras traía el dron de vuelta hacia mi posición.
Cuando el dron aterrizó suavemente y los motores se apagaron, respiré hondo. Miré al muelle y a la terminal una última vez antes de guardar el equipo. Sabía que en esa pequeña tarjeta llevaba atrapada la magia de Arriluze vista desde los ojos de un pájaro.