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El viento en la bahía de La Concha soplaba con calma. Desde el espigón, encendí los motores del Mavic Mini. El zumbido agudo de las hélices rompió el murmullo de la marea baja y, en un par de segundos, el dron ya estaba ganando altura, apuntando directo hacia el corazón de la bahía: la isla de Santa Clara. 

Parecía un pequeño tesoro flotando en el corazón de la bahía. El mar, tranquilo como un espejo, reflejaba la luz de la mañana y dibujaba un camino brillante hasta la costa. 

A medida que la cámara ascendía, la isla revelaba sus secretos. Los senderos serpenteaban entre la vegetación, el faro observaba el horizonte con la paciencia de quien ha visto pasar siglos, y las olas acariciaban las rocas con un murmullo que solo el viento parecía entender. 

Dicen que cada isla guarda una historia, y Santa Clara no era la excepción. Mientras el dron rodeaba sus acantilados, una bandada de gaviotas alzó el vuelo como si quisiera mostrar el camino hacia un antiguo misterio. Durante unos segundos, el tiempo pareció detenerse. Solo existían el sonido del mar, el vuelo de las aves y la inmensidad del paisaje. 

Desde el cielo, todo adquiría otra perspectiva. El perfil de San Sebastián empezó a alejarse, dejando atrás el paseo y la silueta del monte Urgull. Ajusté los mandos con suavidad. Pilotar aquí exigía precisión; el Cantábrico no regala los planos, hay que ganárselos respetando sus corrientes de aire. 

Elevé el dron unos metros más, buscando la joya de la corona: el faro. Y ahí estaba, erguido en la parte más alta de la isla, desafiando al mar abierto. Al encuadrarlo, el plano cobró una fuerza brutal. Parecía una fortaleza flotante, un guardián solitario que ha visto pasar siglos de tormentas y marineros. 

Con la batería avisando que era hora de volver y la tarjeta con tomas espectaculares, inicié el regreso. El dron voló de vuelta hacia la costa, dejando atrás a Santa Clara, que volvía a quedar en silencio. 

Había capturado un instante irrepetible, un recuerdo que demostraba que, vista desde el cielo, la isla no solo es un lugar, sino una historia suspendida entre el mar y el horizonte, esperando ser contada una y otra vez.

Mi Santa Clara
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