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Dicen que hay faros que solo iluminan el mar. Pero el faro de Suances guarda algo mucho más valioso: los recuerdos que el viento no quiere dejar escapar. 
Coloqué la plataforma de despegue en la hierba, justo al borde del acantilado de la Punta del Torco. A mi izquierda, la ría de San Martín se entregaba mansa al océano; a mi derecha, las rocas desafiaban el oleaje. 
En el centro de todo, imperturbable desde 1863, se alzaba el faro: una torre blanca y sobria que parecía ignorar el viento, permanecía firme, observando el horizonte con la paciencia de quien ha visto miles de amaneceres y despedido incontables atardeceres. No necesitaba hablar. Cada piedra, cada destello de su luz, era un capítulo de una historia que el mar conocía de memoria. 
Justo cuando alineaba la cámara para un plano secuencia perfecto, aparecieron los verdaderos dueños del espacio aéreo: las gaviotas. 
Dos de ellas comenzaron a planear en círculos concéntricos alrededor del dron, evaluando al intruso de plástico. Hubo un par de segundos de tensión pura. Un sutil movimiento de palanca hacia atrás alejó el dron de su radio de acción. Uff. !Salvado por los pelos¡.
Con la batería al 30 %, decidí jugármela con la toma reina: una órbita perfecta alrededor de la linterna del faro. 
Ajusté la velocidad, incliné la cámara unos 15 grados hacia abajo y dejé que el algoritmo hiciera su magia mientras corregía la deriva del viento de costado. El dron giró con una suavidad casi poética. Justo cuando la lente se alineó con el oeste, ocurrió el milagro: el haz de luz del faro se encendió, proyectando su primer destello dorado sobre el mar sombrío, justo en el segundo exacto en que el sol se ocultaba tras los montes lejanos. 
Con el aviso de batería baja pitando (ese ritmo cardíaco artificial que todo piloto conoce), traje el dron de vuelta. Aterrizó con precisión sobre la lona. 
Guardé el equipo en la mochila mientras la luz de Suances empezaba a barrer la penumbra cada pocos segundos. No me hacía falta llegar a casa para saberlo: en la tarjeta de memoria llevaba guardada, fotograma a fotograma, la indomable belleza del norte. 

Mi Suances
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