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El viento en la costa de Guetaria siempre tiene algo que decir, pero esa tarde soplaba con una suavidad inusual, como si el propio mar Cantábrico estuviera conteniendo el aliento. 

Me encontraba justo en la falda del monte San Antón —el famoso "Ratón de Guetaria"—. A lo lejos, el faro se alzaba como un centinela blanco, impasible ante el paso de los siglos. 

Las olas rompían con fuerza contra las rocas, dibujando espuma como si el mar escribiera cartas que solo el viento sabía leer. 

Encendí el mando. Los motores emitieron un pitido y, con un leve empuje de los joysticks, el aparato se elevó verticalmente, desafiando la gravedad. 

El dron avanzó despacio hasta llegar al faro, que allí permanecía, firme e inmóvil, como llevaba haciendo durante generaciones. Había visto partir barcos de pesca antes del amanecer, regresar a marineros con historias imposibles y contemplar tormentas capaces de oscurecer el día. 

Dicen que cuando nadie mira, el faro despierta. 

Su luz no solo guía embarcaciones; también ilumina los recuerdos de quienes alguna vez navegaron por aquellas aguas. Cada destello es una historia, cada vuelta de la linterna un sueño que encuentra el camino de regreso a casa. 

Entonces ocurrió algo extraño. 

El viento comenzó a soplar con suavidad y el faro pareció susurrar: «No importa cuán lejos viajes. Siempre habrá una luz esperándote».

El dron siguió ascendiendo. Moví la cámara buscando ese encuadre perfecto: entonces, encaré el faro. 

Me acerqué flotando en el aire, midiendo cada ráfaga de viento. Decidí arriesgar un poco y hacer una toma de órbita. Activé el modo de vuelo fluido y el dron comenzó a trazar un círculo perfecto alrededor de la linterna del faro. En ese momento, mientras la cámara giraba, Guetaria apareció al fondo: el puerto pesquero resguardado, los barcos amarrados como juguetes flotantes y las calles empedradas del pueblo trepando por la costa. 

Fue un instante de paz absoluta. Yo estaba allí abajo, con los pies en la tierra y los ojos en el cielo, atrapando el tiempo en una tarjeta de memoria. 

De repente, el aviso de batería baja interrumpió el trance con su pitido intermitente. Era hora de volver. Giré el dron sobre su propio eje, apuntando hacia mí, y lo traje de regreso siguiendo el camino inverso, rozando las copas de los árboles del monte. 

Cuando el dron aterrizó suavemente y los motores se detuvieron, el silencio regresó. Guardé el equipo sabiendo que en mi bolsillo llevaba algo especial: la esencia de Guetaria vista desde donde solo las gaviotas se atreven a mirar.

Mi Getaria
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