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El motor del Galeón, el pequeño barco de recreo de mi amigo Carlos, ronroneaba con suavidad mientras soltábamos amarras en el Real Club Náutico de Laredo. El Cantábrico nos recibía con esa calma chicha tan engañosa del norte; el agua parecía un espejo de color verde botella. 

En mi mochila, perfectamente protegido, descansaba el dron. Mi misión del día era ambiciosa: capturar la costa de Santoña desde una perspectiva que muy pocos logran ver, despegando y aterrizando desde la cubierta de una embarcación en constante balanceo. 

—¿Seguro que no lo vas a tirar al agua? —bromeó Carlos mientras enfilábamos la salida de la bahía, dejando atrás la playa de La Salvé. 

—Si cae, te toca bucear —le respondí, ajustando las hélices del dron. 

Nuestra primera parada era el Faro del Caballo. 

Al doblar el imponente acantilado del monte Buciero, el paisaje nos cortó la respiración. El Faro del Caballo, encajonado en la piedra caliza y rodeado de esas aguas de un azul turquesa casi tropical, parecía un juguete colgado del abismo. Desde el nivel del mar, las famosas setecientas escaleras que bajan hasta él se veían como una cicatriz de piedra en la montaña. 

Le pedí a Carlos: —Colócate contra el viento y mantén el barco estable—.

Mi amigo redujo la velocidad del barco, manteniéndolo estable frente a la costa. Llegaba mi momento. Encendí los motores del dron, que emitieron ese pitido familiar, y tras un breve cruce de miradas de complicidad, le di gas. El aparato se elevó con limpieza, dejando el barco convertido en una pequeña silueta blanca sobre el azul del mar. 

Hice un plano secuencia perfecto, un vuelo rasante sobre la cúpula del faro, capturando el contraste salvaje de la vegetación verde trepando por el acantilado gris. Los senderistas que descansaban en la plataforma del faro saludaron a la cámara, pequeños como hormigas en mi pantalla.  

Una toma cenital perfecta, el agua era tan cristalina que dejaba ver el fondo rocoso y las sombras de los pocos barcos fondeados. 

Moví los joysticks con suavidad, acercando la cámara al faro y capturando la majestuosidad del Faro del Caballo. Desde el aire, las famosas setecientas escaleras que bajan por la roca parecían una columna vertebral de piedra, una cicatriz humana en un entorno salvaje. El dron descendió en un plano picado perfecto, rozando las copas de los encinares que logran sobrevivir colgados de la caliza, hasta quedar suspendido a pocos metros de la vieja linterna del faro, abandonada desde los años noventa. 

Mi amigo miraba de reojo la pantalla desde los mandos del barco, alucinando con las imágenes. «¡Eso va a quedar increíble!». 

Tras unos quince minutos de vuelo apurando la batería, tocaba la maniobra más delicada: el aterrizaje. Con pulso firme guié el dron de vuelta a la popa y, con un movimiento limpio lo cacé en el aire.

Mi Caballo
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