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Cabo-de-Ajo-27-7-2025.png
Faro de Ajo - Vlog drone. - YouTube y 4 páginas más - Personal_ Microsoft​ Edge 27_07_2025

Dicen que cuando el sol comienza a esconderse sobre el Cantábrico, el Faro de Ajo despierta de un largo silencio. Sus colores, pintados como si fueran un mensaje para el cielo, cobran vida mientras las olas golpean los acantilados con la fuerza de mil historias; pero aquella tarde en el Cabo de Ajo, el viento había decidido darnos una tregua. Tras colocar la batería en el dron y escuchar ese doble pitido que confirma el enlace con el mando, sentí la habitual mezcla de respeto y emoción. Volar en acantilados siempre exige concentración, pero el premio allí arriba es único. 

Con un suave empuje de los joysticks, las hélices rompieron el murmullo de las olas y el dron se elevó deprisa, buscando la perspectiva perfecta del faro más vibrante de toda la costa norte. 

A través de la pantalla, el paisaje cobró una dimensión casi irreal. Lo que desde el suelo es una imponente torre de hormigón, desde el aire se convirtió en un lienzo tridimensional flotando sobre el abismo. Los característicos patrones geométricos y los rostros de animales pintados por Okuda, estallaron en la pantalla: rojos intensos, amarillos eléctricos y azules profundos contrastando con la sobriedad del acantilado de roca caliza y el verde infinito de las praderas cántabras. 

El viento acariciaba los acantilados y las gaviotas acompañaban el vuelo como si conocieran el secreto del lugar. En el borde del acantilado, donde la tierra se rompe de golpe para dar paso al abismo, allí abajo, me esperaba La Ojerada: esa gigantesca estructura de roca con dos cavidades perfectas, como los ojos de un gigante de piedra. 

Y entonces, decidí descender unos metros para alinear la cámara con los dos grandes huecos; a través de la pantalla, logré encuadrar el horizonte marino justo en el centro de uno de los ojos de piedra. La luz de la tarde entra de lado, iluminando el interior de la cueva caliza mientras el agua brava salpica justo por debajo de la estructura. 

Hago un paneo lento, en lateral, que expone primero la inmensidad del acantilado y luego revela el agua rugiendo a través del arco de piedra. El plano es limpio, cinemático, de esos que te ponen la piel de gallina mientras los estás grabando. 

El viento empezó a soplar con un poco más de insistencia, avisando de que el tiempo de vuelo llegaba a su fin. Enfilé hacia el faro y al llegar, inicié el descenso con cuidado, trayendo el dron de vuelta mientras el sol comenzaba a teñir el horizonte con los mismos tonos cálidos que visten al propio faro. 

Mi Ajo
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