



Era una tarde perfecta en la costa asturiana. El cielo sobre Gijón lucía despejado y el mar Cantábrico batía con suavidad contra las rocas del Cerro de Santa Catalina. En mi mochila llevaba todo lo necesario para la misión del día: mi dron, un par de baterías extra y muchas ganas de capturar la mejor toma de la ciudad.
Me instalé cerca de la famosa escultura del Elogio del Horizonte. Tras hacer los chequeos de rutina y calibrar los sensores, encendí los motores. El dron se elevó en el aire de forma estable.
A medida que el dron ganaba altura, la vista en la pantalla se volvía espectacular:
El Cantábrico, infinito con un azul profundo rompiendo con fuerza contra los acantilados de piedra.
El Faro, majestuoso y firme, destacando sobre el paisaje verde y salvaje.
El Puerto de El Musel, la silueta industrial en contraste con la naturaleza del cabo.
Inicié una órbita suave alrededor de la linterna del faro. La luz del atardecer pintaba el aire de tonos dorados y naranjas, haciendo que cada fotograma pareciera una postal. El dron descendió lentamente siguiendo la línea de los acantilados, capturando la espuma de las olas al chocar con las rocas.
«El guardián del horizonte»
Había una vez un faro que llevaba tanto tiempo contemplando el mar que había aprendido a escuchar sus secretos. Cada amanecer saludaba a las olas y cada atardecer despedía al sol con la promesa de volver a iluminar el camino de quienes navegaban en la oscuridad.
Un día, un pequeño viajero alado apareció desde el cielo. No era una gaviota ni un águila, sino un dron curioso que quería descubrir la historia que el faro había guardado durante siglos.
Mientras ascendía, el viento le susurraba antiguos relatos de marineros valientes, tormentas vencidas y regresos esperados. Desde lo más alto, el mundo parecía detenerse: el azul infinito del Cantábrico abrazaba la costa de Gijón, y el faro seguía firme, sereno e inmóvil, como un viejo sabio que nunca abandona su puesto.
El dron dio una última vuelta a su alrededor antes de alejarse. Se llevó consigo algo más que imágenes: capturó el alma de un lugar donde el mar, el cielo y la luz se encuentran para recordar que incluso en los días más grises, siempre existe un faro dispuesto a guiarnos de vuelta a casa.
Y así, cada vez que alguien contempla estas imágenes desde el cielo, no solo ve un paisaje. Descubre una historia que el viento llevaba siglos esperando contar.