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El amanecer en Gorliz siempre tiene un punto de misterio, pero aquella mañana el Cantábrico se había despertado extrañamente en calma. En la mochila, el dron descansaba como un pájaro mecánico esperando su turno para saltar al vacío. 

Subí la cuesta que serpentea hacia el cabo; con mi bici eléctrica la subida se convirtió en un puro disfrute, esquivando a alguna vaca despistada que me miraba con curiosidad. 

Al coronar la colina, allí estaba. El faro de cabo Billano, una torre blanca imponente que desafía al mar desde su atalaya. 

Apoyé la bici contra un murete de piedra y abrí la mochila. El ritual de cada vuelo: desplegar los brazos del dron, retirar el protector del estabilizador y encender la emisora. 

Con un leve toque de gas, el dron se elevó desafiando la gravedad. 

Al principio lo llevé con suavidad. A través de la cámara, vi cómo la silueta blanca del faro se hacía pequeña mientras el dron ascendía verticalmente. 

A 80 metros de altura, el paisaje se abrió de golpe: a la izquierda, la bahía de Gorliz y la playa de Plentzia durmiendo bajo la bruma; a la derecha, la inmensidad del océano persiguiendo el horizonte. 

Hice un plano secuencia espectacular. Empecé volando bajo, rozando los matorrales de la ladera, para luego ascender de golpe superando la altura de la linterna del faro. En ese instante, la cámara reveló la inmensidad del mar, el oleaje rompiendo con fuerza contra las rocas y la isla de Billano recortada en el horizonte como un dragón dormido. 

Fueron minutos de pura concentración cinematográfica, buscando las mejores luces, midiendo las rachas de viento que ascendían por el acantilado y disfrutando de la quietud del lugar, solo interrumpida por el graznido de alguna gaviota curiosa que se acercaba a cotillear al intruso de hélices. 

Con el aviso de batería baja, encaré el dron de vuelta hacia mí. Lo vi regresar como un punto negro en el cielo que se hacía más y más grande. Bajé los mandos con suavidad y el aparato posó sus patas sobre la hierba, apagando sus motores con un último suspiro. 

Guardé el equipo, miré el faro una última vez y me subí a la bici. Al emprender el descenso, el viento parecía sonreír. En la memoria quedaban las pedaladas, el sonido del mar y un vuelo que transformó una excursión en una historia digna de volver a contar. 

Y así terminó aquella aventura, con una certeza sencilla: siempre habrá nuevos caminos que recorrer, nuevas cimas que conquistar y nuevos vuelos capaces de recordarnos que la libertad, a veces, cabe en una mochila, una bicicleta y un pequeño dron.

Mi Gorliz
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