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Llanes

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En el faro de Llanes, la brisa me acariciaba la cara, mientras mi pequeño dron emprendía el vuelo, con una misión especial: descubrir los secretos que guardaba el faro y los Cubos de la Memoria.
Pero esa mañana, yo tenía un plan diferente para el faro de Llanes. No iba a mirarlo desde abajo, como todo el mundo. Esta vez, lo miraría a los ojos. 
Con un suave toque en los mandos, el aparato se elevó, desafiando la brisa que soplaba desde el golfo de Vizcaya. 
A través de la pantalla, todo empezó a cambiar de perspectiva: 
A 10 metros de altura, los Cubos de la Memoria de Agustín Ibarrola empezaron a revelarse como un mosaico gigante y colorido de hormigón, contrastando con el gris salvaje del mar. 
A 30 metros: el acantilado de la punta de San Antonio mostró sus verdaderas cicatrices, talladas por siglos de galernas. 
A 50 metros: ahí estaba el faro. Desde el aire, la torre blanca con su cúpula verde ya no parecía un gigante inalcanzable, sino un viejo guardián solitario que llevaba desde 1860 guiando a los marineros, posado sobre el borde del abismo. El sol, rompiendo por fin entre las nubes, tiñó los muros del faro de un blanco cegador y encendió el verde de los prados asturianos que morían justo donde empezaba la roca. 
Los cubos parecían un inmenso mosaico de colores abrazando la costa. Cada dibujo, cada pincelada y cada forma escondían una historia, un recuerdo o un sueño que alguien había dejado allí para que el tiempo no lo borrara. 
Al recorrer lentamente los cubos, la cámara descubrió rostros, símbolos y colores que parecían cobrar vida desde las alturas. 
Desde la perspectiva del pájaro mecánico, la obra de Agustín Ibarrola cobró una dimensión completamente nueva: 
Un mosaico gigante: lo que a pie de calle parecen bloques de hormigón pintados, desde el aire se transformó en un gigantesco lienzo tridimensional. 
El juego de colores: los rojos, azules, amarillos y verdes cobraron vida con los rayos de sol, contrastando violentamente con el gris plomizo del mar. 
El plano final fue una toma cenital perfecta. El dron subió a su máxima altura y miró directamente hacia abajo: a un lado, la geometría perfecta y colorida de los cubos; al otro, la espuma blanca del mar; y presidiendo la escena, la silueta limpia del faro.
Cada giro del dron revelaba un nuevo detalle: la fuerza de los acantilados y la armonía entre el arte y el paisaje. Desde esa altura, los Cubos de la Memoria dejaban de ser simples estructuras para convertirse en un puente entre el pasado, el presente y el futuro.

Mi Llanes
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