



Lekeitio siempre tiene esa magia: el sonido de las olas rompiendo contra el espigón, el olor a salitre y, al fondo, custodiando el acantilado, el faro de Santa Catalina.
Llevaba semanas planeando este vuelo. No quería una toma cualquiera; quería capturar la esencia del faro, ese aislamiento perfecto entre la roca viva y el mar abierto.
Sabía, por las historias que contaban los viejos arrantzales en el puerto, que esas aguas guardaban secretos. Hablaban de las lamiak, criaturas de la mitología vasca con pies de ave y cabellera dorada que peinaban sus cabellos con peines de oro junto a las cuevas del acantilado, y cuyos cantos, a veces, confundían a los marineros en las noches de galerna.
Saqué el dron de la mochila, ajusté las hélices y calibré el GPS. En la pantalla, el horizonte se veía limpio. Encendí los motores, y el dron se elevó con fuerza hacia el cielo.
Por un instante, a través del encuadre, no sentí que estaba manejando un dispositivo electrónico, sino prestándole mis ojos a una gaviota que dominaba la brisa marina.
Inicié una aproximación lenta, un plano secuencia que avanzaba desde el mar hacia la tierra. El dron volaba a unos veinte metros sobre las olas, sorteando las rachas de viento que subían por el acantilado. La cámara captaba la espuma blanca rompiendo con violencia contra las rocas oscuras, justo debajo de la estructura blanca del faro.
Fue justo en el momento en que el dron pasaba por la cara norte, la que da al acantilado más abrupto y ciego, cuando la pantalla del mando parpadeó. Una interferencia extraña distorsionó la imagen por un segundo. Cuando el vídeo se estabilizó, el sensor de proximidad del dron empezó a pitar con insistencia, indicando un obstáculo a menos de dos metros, aunque allí solo había aire y acantilado.
Miré la pantalla conteniendo la respiración. En el plano recortado contra la roca, justo donde el agua golpeaba con más fuerza y la espuma flotaba como neblina, se apreciaba una silueta. No era una gaviota. Una figura esbelta parecía estar sentada en una de las rocas salientes, envuelta en el vapor del agua, reflejando destellos dorados bajo la luz del atardecer. Parecía sostener algo brillante en la mano, ajena por completo al zumbido del dron.
Un escalofrío me recorrió la espalda al recordar la vieja leyenda. ¿Una lamia en pleno siglo XXI?
Giré la cámara para centrar el encuadre y congelar la imagen, pero una racha de viento repentina sacudió el dron con violencia. En el mando saltó la alerta de pérdida de señal. Durante tres segundos interminables, la pantalla se quedó en negro. Mi corazón latía a mil por hora.
Cuando el enlace de vídeo regresó, el dron volvía a flotar de forma estable en su posición de seguridad. Apunté la cámara de nuevo hacia la misma roca. Ya no había nada. Solo la piedra húmeda y el mar batiendo con fuerza.
Cuando la alerta de batería baja empezó a sonar de forma intermitente, inicié el descenso progresivo.
El dron aterrizó suavemente, casi a mis pies. Guardé el equipo en silencio, sintiendo la mirada del viejo faro a mis espaldas. No sé qué encontraré cuando examine los archivos de vídeo fotograma a fotograma en el ordenador, pero aquella tarde entendí que hay rincones en la costa de Lekeitio donde el pasado y sus mitos aún se resisten a ser del todo grabados.