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Comienzo dejando el coche en el aparcamiento de San Juan, que se sitúa a la entrada de la localidad. Desde este punto estratégico, inicio el trayecto en bici, adentrándome en el corazón del pueblo a través de su única y pintoresca calle principal, bajo antiguos pasadizos y junto a casas de arquitectura tradicional marinera con sus coloridos balcones. 

La brisa del mediodía, fresca y cargada de salitre, me golpea suavemente en la cara; a medida que avanzo tras unos minutos de pedaleo, el sendero desciende hacia la pequeña joya escondida: la playa de Kalaburtza, custodiada por la antigua torre que vigilaba el paso de los barcos. Es el lugar perfecto para detenerme, un rincón resguardado donde el mar rompe con un murmullo constante.

Encendí el dron, y los motores cobraron vida con ese zumbido agudo y familiar, un sonido que para mí siempre es el preludio de una nueva aventura visual. 

Con un suave movimiento de 'joysticks', el pequeño dron se elevó desde el suelo del paseo. Cruzó la ría con una estabilidad asombrosa, ganando altura mientras la pantalla me devolvía una perspectiva completamente nueva. Desde el aire, el paseo y la playa de Kalaburtza empezaron a encogerse, mostrando su forma de herradura, flanqueada por las rocas y el verde intenso de la costa. 

Empujé la palanca hacia adelante. El dron avanzó con firmeza sobre el agua, desafiando la brisa marina. A través de la cámara, el faro de Senokozulua pasó de ser una silueta a lo lejos a convertirse en el protagonista absoluto del plano; parecía un centinela de piedra al borde del acantilado, justo donde la ría se abre al mar abierto. 

Hice un giro lento. La cámara captó el contraste perfecto entre la blancura de la torre del faro, el tejado rojizo de la casa del farero y el azote constante de la espuma blanca contra las rocas oscuras de la base. En ese momento, un pequeño pesquero cruzaba el canal de entrada a Pasaia, dejando una estela plateada que sumaba pura vida a mi encuadre. El plano era perfecto, digno de una película. 

Con las baterías avisando del regreso y la tarjeta de memoria llena de tomas espectaculares, traje el dron de vuelta. El zumbido regresó a Kalaburtza y el aparato aterrizó suavemente cerca de mí. Al apagar el mando, miré de nuevo al frente: el faro de Senokozulua seguía allí, estático, pero yo ya guardaba en el bolsillo su esencia capturada desde el cielo.

Mi Senokosulua
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