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Ortiguera y Mohías. (Coaña-Asturias) - YouTube y 4 páginas más - Personal_ Microsoft​ Edge

El viento soplaba con fuerza en el cabo de San Agustín. Entre el verde intenso de los prados asturianos y el azul infinito del mar Cantábrico, mi pequeño dron comenzó a elevarse. Zumbando como una abeja mecánica, el dron despegó del suelo y dejó atrás la pequeña ermita de piedra para adentrarse en el dominio del faro de Ortigueira. 
A través de la pantalla de control, el paisaje cobró una dimensión mágica: 
El dron ascendió hasta los veinticinco metros, capturando de cerca la torre cilíndrica del faro moderno con sus características franjas horizontales blancas y negras. 
Con un suave movimiento de los joysticks, el dron aceleró mar adentro. La pantalla mostró cómo las olas rompían con fuerza contra los acantilados escarpados, formando estelas de espuma blanca que contrastaban con la oscuridad de las piedras. 
Arriba del todo, el cielo despejado permitía ver la costa occidental asturiana extendiéndose a lo lejos. La grabación capturó la paz absoluta de un rincón donde la tierra se encuentra con el mar. 
Al girar la cámara hacia el oeste, el dron capturó la desembocadura de la ría de Navia y el pintoresco puerto pesquero de Ortigueira, donde las pequeñas embarcaciones parecían de juguete desde las alturas. 
Controlar el dron en la costa siempre exige estar atento al viento del norte, pero las imágenes capturadas de los acantilados cayendo a pico sobre el agua compensaban cualquier precaución. 
Dicen los viejos marineros de Navia que cada faro guarda un secreto. No está escrito en libros ni aparece en los mapas; solo puede descubrirlo quien se atreve a contemplarlo desde el cielo. 
Mientras la cámara recorría lentamente la costa, el viento parecía susurrar palabras antiguas. Las gaviotas acompañaban el vuelo como si fueran las verdaderas dueñas del paisaje, dibujando círculos alrededor de la torre. Entonces ocurrió algo inesperado. 
Un destello apareció en la linterna del faro, aunque era pleno día. La luz no buscaba barcos perdidos, sino recuerdos. Iluminaba cada rincón de los acantilados, las playas escondidas y el verde intenso de la costa, como si quisiera recordar a todos que aquel lugar llevaba siglos protegiendo a quienes navegaban cerca de sus aguas. 
Al regresar a tierra, la grabación mostraba algo más: la sensación de que el faro seguía vivo, vigilando el paso del tiempo y esperando el próximo vuelo que volviera a contar su historia. 
Y desde aquel día, cada vez que un dron sobrevuela el faro de Ortigueira, no solo captura imágenes. También recoge un pequeño fragmento de la memoria del mar, una historia que el viento guarda en secreto hasta encontrar a alguien dispuesto a escucharla.

Mi Navia
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