



El cielo sobre la costa asturiana amaneció cubierto por ese manto gris perla tan característico del norte. En la zona de San Juan de Nieva, la brisa marina traía ese olor a salitre inconfundible y el bramido del mar Cantábrico rompiendo contra el acantilado era el único sonido en varios cientos de metros a la redonda.
Una mañana perfecta para capturar la esencia viva del Cantábrico.
El Faro de Avilés, encaramado sobre la antigua batería de Punta del Castillo, es una joya fotográfica: una estructura troncopiramidal de mampostería adosada a la casa del farero, vigilando la entrada de la ría y los peligrosos bajos del Petón.
Con un suave zumbido que sobresaltó a un par de gaviotas cercanas, los motores cobraron vida y el equipo se elevó suavemente.
A medida que el dron ganaba altura, la pantalla del control remoto me devolvió una perspectiva espectacular: la torre blanca del faro contrastaba con el verde vivo del recinto y las rocas oscuras de los acantilados donde rompen las olas.
Hacia un lado, la sinuosa entrada de la ría de Avilés guiando a los barcos hacia el puerto; hacia el otro, la vista despejada hacia la inmensidad del Cantábrico y la silueta lejana de la costa de Salinas.
Hice un acercamiento lento hacia la linterna. La luz roja y blanca del faro, (que lleva marcando el camino a los marineros desde 1863), brillaba como el ojo atento de la costa.
Giré la cámara levemente hacia abajo mientras encuadraba el choque de la marejada contra las rocas basálticas. La espuma blanca creaba una textura casi irreal vista a vista de pájaro.
El vuelo concluye alejándome lentamente del faro, dejando atrás una estampa difícil de olvidar. El sonido del mar permanece como un eco constante, recordándome que lugares como este no solo se contemplan, sino que también se sienten. El Faro de Avilés sigue allí, iluminando el horizonte y guardando, con la misma serenidad de siempre, uno de los paisajes más bellos del norte de España.