top of page
Punta-Galea-22-7-2025.png
12-Galea-1.jpg


El cielo sobre Getxo se había despertado con esa luz plateada tan típica del Cantábrico; la bruma matinal empezaba a retirarse, dejando al descubierto un mar picado que golpeaba con fuerza la base de los acantilados. Era el día perfecto. Llevaba semanas planeando esta grabación, esperando el día exacto en que el viento diera una tregua y la luz hiciera justicia a dos de los tesoros más icónicos de Bizkaia: el Molino de Aixerrota y el Fuerte de la Galea. 

Llegué temprano al aparcamiento, sintiendo el aire salino en la cara. Saqué el dron de la mochila, calibré las hélices, comprobé la señal GPS y el estado de la batería. Todo en orden. Coloqué la aeronave en el suelo, encendí los motores y con un suave empuje en las palancas del mando, el dron se elevó rompiendo el silencio con su zumbido eléctrico. 

Giré la cámara hacia el Molino de Aixerrota. Desde el aire, su silueta blanca y su tejado cónico destacaban con una fuerza imponente. 

Decidí hacer un plano órbita, un círculo perfecto alrededor de la estructura. Mientras el dron giraba suavemente, captando las aspas negras inmóviles y las paredes de piedra que un día, allá por el siglo XVIII, molieron maíz cuando la sequía azotó la región, no pude evitar sentir un escalofrío. El contraste era bellísimo: la ingeniería del pasado, construida por la necesidad humana, capturada por la ingeniería del presente. 

Con un movimiento fluido, incliné la cámara hacia abajo y subí la altitud, dejando que el molino se encogiera en el encuadre para dar paso a la majestuosidad de la costa. 

Empujé el stick hacia adelante. El dron aceleró, sobrevolando la línea del acantilado. A la izquierda, la inmensidad del mar embravecido golpeaba con fuerza las rocas; a la derecha, los senderos por los que paseaba la gente parecían pequeñas venas en la tierra. La perspectiva aérea mostraba la sobrecogedora verticalidad de los acantilados de la Galea, con sus capas de roca sedimentaria revelando miles de años de historia geológica. 

A lo lejos, recortada contra el mar, apareció la silueta de piedra del Fuerte de la Galea. 

Hice descender el dron con cuidado, buscando un ángulo más dramático, casi a ras de los muros de la antigua fortificación del siglo XVIII. Al sobrevolar el foso y las murallas que alguna vez defendieron la ría de Bilbao de corsarios e invasores, el plano se volvió cinematográfico. 

Para el último plano, quise conectar ambos mundos en una sola toma. Con el Molino de Aixerrota en primer plano, fui viendo por los laterales de la pantalla cómo entraba la inmensidad del fuerte de la Galea y la silueta sinuosa de la costa perdiéndose en el mar. 

La batería avisaba de que era hora de volver. Traerlo de vuelta contra el viento costero fue como amarrar un barco en mitad de la tormenta, pero el dron tocó tierra justo a mis pies, con un suave zumbido de victoria. 

Al guardarlo en la mochila y mirar una última vez al horizonte, sonreí. El Cantábrico se quedaba con su fuerza y sus secretos, pero yo me llevaba la mejor parte: haber capturado su alma indomable desde el cielo.

Mi Punta Galea
00:00 / 04:20
bottom of page