



Después de grabar el Faro del Caballo, seguimos navegando hacia el norte, rodeando la península del Buciero, donde el mar se volvía más abierto, más salvaje. Allí, desafiando a los temporales, nos esperaba el Faro del Pescador.
Con el barco ya en rumbo norte, bordeando la imponente mole de piedra, decidí que era el momento perfecto para preparar el vuelo.
Coloqué el dron en la pequeña plataforma de popa. Tras el pitido de calibración, los motores rugieron y el dispositivo se elevó en vertical, ganando altura rápidamente.
A diferencia de la humilde y resguardada silueta del Faro del Caballo, el del Pescador se mostraba robusto, moderno y expuesto a la inmensidad del Cantábrico.
Desde el mar, su estampa impresiona, pero desde el aire, la perspectiva es casi mística. Es un guardián solitario, con su cúpula gris y sus tejados rojos, aferrado con terquedad a una mole de piedra caliza que lleva siglos resistiendo los embates del océano.
Decidí arriesgar un poco más. El viento había refrescado, así que configuré el dron en modo deportivo. Lo elevé y lo envié mar adentro para realizar una toma cinematográfica de aproximación: el dron volando a ras de las olas a gran velocidad, para luego elevarse bruscamente revelando el faro en lo alto del acantilado, recortado contra el cielo del atardecer. En la pantalla, el plano parecía sacado de una superproducción. La luz dorada de la tarde empezaba a bañar la piedra, dándole un tono casi místico al Faro del Pescador.
De repente, una racha de viento más fuerte sacudió el dron, y el aviso de batería baja empezó a parpadear en rojo en la esquina de la pantalla. El idilio visual se rompió por la urgencia del mundo real.
—¡Prepárate abajo! —le grité a mi compañero sin levantar la vista—. ¡Tengo que traerlo de vuelta ya!
El regreso fue pura adrenalina. Pilotar de vuelta al barco significaba perseguir un objetivo que no paraba de subir y bajar con las olas. Traje el dron en línea recta, haciéndolo descender poco a poco sobre la popa; mi compañero estiró el brazo con destreza para atraparlo firmemente mientras yo apagaba los motores de golpe. Mis manos sudaban. Un mal cálculo y el aparato habría terminado en el fondo del Cantábrico.
De regreso al Náutico de Laredo, con el sol escondiéndose detrás de las montañas de Cantabria e iluminando la bahía con tonos anaranjados y violetas, nos tomamos un par de refrescos bien fríos. No hacía falta esperar a editar el vídeo en casa para saberlo: habíamos capturado la verdadera esencia de la costa infinita.