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El viento soplaba con esa mezcla de sal y misterio que solo el Cantábrico posee. Ahí estaba yo, con los ojos fijos en la silueta del faro de Zumaia. A mis pies, las formaciones de roca del Flysch se adentraban en el agua como las costillas de un dragón de piedra dormido. 

Encendí el dron, y un pitido agudo rompió el murmullo de las olas, seguido por el zumbido eléctrico de los cuatro motores que cobraban vida. Para el viejo faro, acostumbrado al graznar de las gaviotas y al rugido de las tormentas, aquel sonido debía de ser el canto de un insecto extraño, un pájaro de aluminio del siglo XXI. 

Durante décadas, ese faro había guiado a los barcos en la oscuridad; hoy con mi dron lo inmortalizaba desde un ángulo que sus antiguos guardianes solo habrían podido imaginar en sueños.

El dron resistió, suspendido en el aire como un halcón que mide sus fuerzas contra el acantilado. 

Para el plano final, llevé el dron hacia el mar abierto, dándole la espalda a la costa, y luego lo hice girar 180 grados, frente a la imponente playa de Itzurun. 

Elevé el dron a cincuenta metros y lo encaré hacia el acantilado. Fue en ese instante cuando la magia de la realidad y la ficción se fundieron en la lente. Los espectaculares flysch —esas láminas de roca milenarias que parecen las costillas de la propia Tierra— se estiraban hacia el mar como gigantes de piedra petrificados. 

No hacía falta echarle imaginación; la pantalla me estaba devolviendo una imagen de Poniente. Estaba sobrevolando Rocadragón. 

Casi podía escuchar el eco de las capas de Daenerys Targaryen ondeando al viento, o el crujido de las botas de Jon Nieve sobre la arena negra y húmeda de Itzurun. Aquella playa, protegida por muros verticales de piedra calcárea, no parecía un paisaje de este mundo, sino el escenario donde se deciden los destinos de los reinos. 

El dron avanzó firme, desafiando las rachas de aire que subían por el acantilado de San Telmo. La perspectiva cenital mostraba la claridad del agua contra el diseño geométrico y casi artificial de las rocas bajo la superficie. Era una toma de cine. Una toma digna de la serie juego de tronos.

Allí, donde el viento susurraba historias de poder, honor y destino. 

Cuando la batería empezó a parpadear, inicié el regreso. El dron aterrizó suavemente, justo al lado de donde yo estaba. Al guardarlo en la mochila, miré de reojo la playa de Itzurun. Había capturado el paisaje en mi tarjeta de memoria, pero la sensación de haber volado este lugar se quedaba conmigo. 

Mi Zumaia
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