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En el pequeño pueblo de Tazones, el bullicio del puerto quedaba abajo, mientras que arriba, en el acantilado de la punta del Olivo, el Faro se alzaba como un guardián solitario, ajeno al paso del tiempo.
Allí estaba yo, con los ojos fijos en la pantalla del mando y los dedos listos sobre los joysticks. El viento soplaba con la fuerza justa: un reto, pero no una amenaza. El aparato se elevó verticalmente, desafiando la gravedad.
Mi mirada ya no estaba a ras de suelo; ahora veía lo que ven las aves: las franjas blancas y los azulejos de la torre del faro, su cúpula metálica y esa silueta tan característica que lleva guiando a los marineros desde 1864. 
Dicen los viejos marineros de Tazones que hay noches en las que el faro no solo ilumina el camino de los barcos, sino también los recuerdos de quienes se acercan a contemplarlo. 
Cuentan que hace muchos años, un joven pescador salió a faenar en medio de una tormenta que nadie vio venir. El mar embravecido lo envolvió entre la niebla y las olas, mientras la oscuridad borraba cualquier esperanza de regresar a casa.
Solo una luz permaneció firme. Era la del faro, pero no brillaba como siempre. Aquella noche parecía latir, como si tuviera alma. Cada destello marcaba el rumbo correcto, alejando al pescador de las rocas y guiándolo hasta la calma. Cuando finalmente llegó a puerto, juró que entre la lluvia, había visto la silueta de un antiguo farero sonriendo desde lo alto de la torre.
Desde entonces nació la leyenda.
Se dice que el espíritu del viejo guardián nunca abandonó el faro y que sigue velando por quienes respetan el mar. A veces, cuando el sol se esconde y el Cantábrico se tiñe de oro y azul, el viento parece susurrar historias de navegantes, de despedidas y de regresos.
Hoy mi dron ha seguido el vuelo de estas historias, suspendido sobre el acantilado donde el mar rompe con espuma blanca. La cámara apuntó hacia abajo, capturando la furia del Cantábrico en un plano cenital perfecto: un contraste brutal entre la solidez de la roca y el movimiento eterno del agua.
El Faro de Tazones se alza como un centinela, observando el infinito, recordándonos que el mar guarda secretos que solo revela a quien se detiene a escucharlo.
Traje el dron de vuelta, aterrizándolo suavemente sobre la hierba. Al guardarlo en la mochila, sonreí. Sabía que en la tarjeta de memoria llevaba algo más; llevaba poesía visual pura.

Mi Tazones
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