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Dicen que hubo un tiempo en que los marineros creían que más allá del Cabo da Roca solo existía el misterio. Allí, donde los acantilados se precipitan sobre el Atlántico y el viento parece hablar un idioma antiguo, se alza un faro que ha visto partir y regresar a miles de navegantes. 
Aquella mañana llegué con mi dron dispuesto a contemplar el lugar desde una perspectiva que muy pocos pueden disfrutar. Mientras preparaba el vuelo, el océano rugía con fuerza, como si quisiera recordarme que allí la naturaleza sigue siendo la auténtica dueña del paisaje. 
Cuando el dron comenzó a elevarse, el faro quedó pequeño bajo sus hélices. Poco a poco aparecieron los inmensos acantilados, esculpidos durante millones de años por el viento y las olas. Desde el cielo, el Cabo da Roca parecía la proa de un gigantesco barco de piedra apuntando hacia el horizonte infinito. 
Continué grabando en silencio y aunque el viento era ensordecedor, sentí como si una voz susurrara: 
«No todos vienen aquí para marcharse. Algunos llegan para recordar que siempre hay un horizonte nuevo». 
En ese instante, una enorme ola golpeó los acantilados levantando una nube de espuma blanca.
Seguí recorriendo el cabo desde el aire, mostrando la inmensidad del océano, el faro y los caminos que conducen hasta aquel rincón conocido como el punto más occidental de la Europa continental. Comprendí entonces que no estaba grabando únicamente un paisaje; estaba capturando una historia escrita por el viento, la roca y el mar. 
Cuando el dron regresó y las hélices se detuvieron, el viento pareció amainar por un instante. Miré el faro en persona y luego la pantalla. Tenía algo más que una simple grabación: había atrapado el momento exacto donde la tierra termina y el mar comienza. 
Apagué los motores. El silencio —o al menos el diálogo habitual entre el viento y el mar— volvió a apoderarse del lugar. Al revisar la grabación en la tarjeta de memoria, supe que no solo había guardado gigabytes de video en alta resolución: había atrapado la sensación exacta de volar libre sobre el fin del mundo conocido.

Mi Cabo da Roca
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