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Faro de Cabo Prior - YouTube y 3 páginas más - Personal_ Microsoft​ Edge 04_08_2025 9_32_3
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El Cabo Prior tiene una atmósfera especial. No es solo el gigante de piedra desafiando al Atlántico en tierras de Ferrolterra, sino también ese pasado militar abandonado, con sus túneles y viejas baterías de costa que miran al mar como ojos ciegos. Volar allí es una experiencia increíble, pero que siempre pone a prueba los nervios de cualquier piloto. 

Aquí tienes el relato y el trasfondo de lo que se vivi al capturar la magia de Prior desde el aire. 

En Prior el viento rara vez descansa. Puedes despegar con una brisa engañosamente tranquila cerca del faro, pero en cuanto el dron supera la línea del acantilado y queda suspendido sobre el mar, el viento térmico y las corrientes ascendentes que golpean la roca pegan un hachazo al estabilizador. Mantener la toma fluida exige dedos de cirujano en los sticks. 

El dron despegó, el mar batía con una furia sorda contra los acantilados la pantalla mostraba una línea de costa que parecía dibujada a lápiz: acantilados en trazo firme, espuma en puntillismo, y al fondo, el faro de Cabo Prior erguido como una nota alta sostenida contra el cielo. 

Subí despacio. El faro, blanco y sobrio, se fue agrandando en el encuadre hasta ocupar el centro, y la primera toma fue una caricia lateral, suave, respetuosa, como si rozara un hombro antiguo para pedir permiso. 

Mientras rodeaba la torre, pensé en los ojos que habrían mirado esta misma luz. Pescadores con manos de cuerda, marineros que memorizaban las cadencias nocturnas, veraneantes con la piel salada.  

Giré la cámara 90 grados hacia abajo. El plano cenital era hipnótico. Las olas rompían contra las rocas afiladas con una violencia coreografiada, creando patrones de espuma que desaparecían en segundos. Parecía un cuadro abstracto en movimiento. 

Colocarse cerca de las antiguas baterías militares de artillería o intentar un plano creativo tiene su peligro. Las estructuras fortificadas de hormigón armado debilitan la señal de radio. Ver en la pantalla el aviso de "pérdida de señal" mientras las hélices zumban a pocos metros de la roca es de los momentos donde el corazón da un vuelco. 

Las Gaviotas los acantilados de Prior son su territorio. Para ellas, un dron pequeño, blanco y ruidoso es un intruso o una presa potencial. En el momento en que se agrupan y empiezan a orbitar alrededor del dron en círculos cada vez más cerrados, sabes que la sesión de grabación ha terminado y toca iniciar un descenso rápido antes de que decidan atacar.

En lo alto del acantilado, la pequeña aeronave zumbaba, suspendida en el aire como una libélula de metal, inmune por un instante a la implacable gravedad de los acantilados. 

De repente, la pantalla parpadeó. Una interferencia estática, extraña para un cielo tan despejado, cruzó la imagen. 

Me agarre a los mandos, buscando recuperar la nitidez, pero la cámara del dron pareció tomar vida propia. Dejó de apuntar al horizonte marino y descendió el objetivo de golpe, enfocando directamente hacia una de las bocas oscuras de los túneles que horadan el cabo. 

Allí, justo en el umbral donde la luz de la puesta de sol moría en la penumbra del hormigón, la cámara captó una silueta. No era una gaviota, ni un turista despistado. Era una figura densa, vestida con un capote antiguo que el viento del norte no lograba mover. La silueta no miraba al mar; miraba fijamente hacia el cielo, directamente al parpadeo verde y rojo de los leds del dron. 

Sentí un escalofrío que nada tenía que ver con la brisa marina. Intentó forzar el regreso al punto de origen, pero los motores del dron protestaron con un gemido agudo, luchando contra una corriente invisible que parecía succionarlo hacia el acantilado. En la pantalla, la figura levantó una mano, no con gesto de amenaza, sino imitando el propio movimiento de ascenso del aparato. 

Al segundo siguiente, una ráfaga de viento real golpeó el cabo. El dron se elevó de golpe diez metros, el plano se estabilizó y la estática desapareció. Cuando la cámara volvió a apuntar a la entrada del búnker, allí solo quedaban las sombras alargadas del crepúsculo y las zarzas que crecían entre las grietas. 

El dron regresó con la batería al límite, templada por el esfuerzo. Dicen los paisanos de la zona que en Prior las almas de los viejos artilleros y los vigías que pasaron noches interminables mirando al océano nunca abandonaron sus puestos. Simplemente, ahora ven con curiosidad los nuevos ojos que, desde el cielo, intentan robarle los secretos a su eterno acantilado.

Mi Cabo Prior
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