



El Cabo Prioriño se encuentra justo en la entrada de la Ría de Ferrol y del Golfo Ártabro, convirtiéndose por ello en uno de los puntos más importantes de vigilancia y señalización de todo este golfo. Se encuentra muy cerca del Puerto Exterior de Ferrol. También está muy cerca, menos de 4 kilómetros, de la magnífica playa de Doniños que cuenta con una gran laguna que acoge a una gran variedad de especies animales y vegetales. El faro lleva en funcionamiento desde 1854, y está rodeado de rocas peladas y granito. Para poder construirlo aprovecharon la piedra de una antigua batería militar del siglo XVIII, cuyos restos se encuentran al pie del faro y debajo de él.
El faro está controlado a distancia por ordenador desde la Autoridad Portuaria de Ferrol, pero tiene anexa una vivienda, donde desde hace unos 3 años reside la farera que lo atiende, ya que la gran linterna necesita un mantenimiento constante.
Justo detrás hay una moderna estación de radar, y un poco más allá un observatorio ornitológico. La zona está muy cuidada y tiene fáciles accesos para recorrer tanto el faro como la estación de radar y los restos arqueológicos. También tiene carteles explicativos con antiguos planos y fotografías.
El viento en Cabo Prioriño no es un viento cualquiera; es el aliento salvaje del Atlántico que choca con los acantilados, con un rugido que se te mete en el pecho.
Allí estaba yo, de pie cerca del mirador, resguardándome como podía detrás de una roca. En las manos, el mando del dron; y en el corazón, esa mezcla exacta de adrenalina y miedo que da el saber que vas a lanzar un aparato caro a merced de los elementos.
Frente a mí se alzaba el faro original, esa torre blanca y robusta que lleva desde 1854 guiando a los barcos hacia la ría ferrolana. Un poco más abajo, desafiando al abismo, la linterna moderna.
Encendí los motores. Respiré hondo y di gas. El dron se elevó verticalmente, flotando como un colibrí mecánico antes de que una racha de viento racheado lo sacudiera. Corregí el rumbo al instante con los "sticks". A partir de ese momento, yo ya no estaba en la roca; mi mente volaba a cincuenta metros sobre el vacío.
En la pantalla del mando, el paisaje se abrió de golpe. La inmensidad del océano, tiñéndose de tonos dorados y violetas por el sol poniente, chocaba con una furia blanca contra las rocas oscuras del cabo.
—Vamos allá —susurré.
Incliné el dron hacia delante y lo lancé en un descenso controlado hacia el faro. Pasé rozando la estructura cilíndrica. A través de la cámara, la piedra blanca del faro contrastaba con el cielo encendido de la tarde. Hice un giro de 180 grados sobre el eje, un orbit perfecto, manteniendo la linterna en el centro del encuadre mientras el fondo rotaba desvelando la silueta lejana del puerto exterior de Caneliñas.
Entonces decidí arriesgar. Bajé el morro y me tiré en picado por el acantilado, siguiendo la caída de la roca vertical hacia el oleaje estallando abajo. La velocidad me dio un vuelco en el estómago. Ver las olas rompiendo con tanta fuerza desde esa perspectiva te hace sentir ridículamente pequeño. Justo antes de que el agua salada salpicara la lente, tiré del stick hacia atrás, nivelando el dron a apenas unos metros de la espuma, y aceleré a fondo para ascender pegado a la pared de roca, desafiando a la gravedad.
El dron superó la cresta del acantilado y volvió a aparecer el faro, recortado contra el último rayo de sol del día.
Con las manos temblando ligeramente por la tensión y la adrenalina, traje el dron de vuelta. El viento soplaba aún más fuerte, complicando el aterrizaje, pero logré posarlo suavemente.
El mundo real volvió de golpe: el frío en las mejillas, el olor a salitre y el sonido ensordecedor del mar. Apagué la batería, guardé el equipo y miré una vez más al viejo faro Prioriño, que ya parpadeaba en la penumbra. Sabía que en la tarjeta de memoria llevaba un pedazo de su magia indomable.
"Cuentan los viejos marineros de Ferrol que antes de que se construyera el faro en 1854, la roca de Prioriño ya tenía su propio guardián. No era de piedra, ni de hierro. Era un gigante de piedra que dormía bajo el agua."
"Cada vez que un barco corría peligro de encallar en los días de niebla cerrada, el gigante exhalaba un soplido profundo desde las profundidades del Atlántico, apartando los navíos de las rocas. Pero un invierno de tormentas perfectas, el gigante se quedó sin aliento al salvar a una fragata entera."
"Para que su sacrificio no fuera en vano, la propia tierra gallega esculpió esta torre en el lugar exacto donde el gigante dio su último suspiro. Dicen que la luz que hoy brilla en Prioriño no es solo electricidad... es el alma del guardián, que aprendió a hablar con destellos para no volver a perder el aliento."