



El viento en Cabo Silleiro siempre tiene algo que decir, pero esa mañana soplaba con la fuerza justa para dejar volar. Coloqué el dron en el suelo, justo donde la ría empieza a abrirse al Atlántico indomable.
A mi espalda quedaba el faro viejo, esa reliquia en ruinas de granito blanco y rojo que vigilaba el mar desde 1862. Frente a mí, imponente, el Faro Nuevo. Con sus rayas rojas y blancas, altivo sobre los acantilados, parecía esperar su momento de protagonismo frente a la cámara.
Encendí el dron emitiendo su característico zumbido. Stick hacia arriba, y al aire.
A través de la pantalla, el paisaje cobró una dimensión completamente nueva. El Mavic Mini ganó altura, desafiando las corrientes térmicas del cabo. La primera toma fue limpia, un plano general que encuadraba la silueta perfecta del faro. La luz de la mañana era perfecta: rasante, dorada, de esas que sacan a relucir cada textura del granito y el brillo de la gran linterna superior.
Decidí arriesgar un poco más para buscar una toma verdaderamente narrativa. Llevé el dron hacia el mar, girando la cámara para mirar de frente a la costa. Desde allí, el faro nuevo parecía un guardián colosal.
Silleiro es una zona de corrientes traicioneras donde el viento del norte puede cambiar en cuestión de minutos.
Dicen que, cuando el viento sopla con fuerza en Cabo Silleiro, el faro habla con el océano. No lo hace con palabras, sino con destellos de luz que llevan más de un siglo guiando a los marineros entre la niebla y las tormentas.
Aquella mañana, mi pequeño dron se elevó desde el acantilado como si fuera una gaviota curiosa. Mientras ascendía, el Atlántico desplegaba un inmenso manto azul golpeando las rocas con una fuerza que parecía eterna.
Desde el cielo, el faro reveló toda su grandeza. Los acantilados, las olas blancas y el horizonte infinito parecían formar un cuadro pintado por la naturaleza. El dron continuó su vuelo rodeando la torre, descubriendo rincones invisibles para quienes permanecían en tierra.
El pulso no me tembló al hacer una pasada baja, rozando visualmente la ladera donde la vegetación lucha por agarrarse a la piedra batida por el salitre. Era el contraste perfecto: la precisión estática de la arquitectura marítima y el dinamismo salvaje del océano.
Con la batería avisando que era hora de volver, inicié el regreso. Traje el dron de vuelta, con un aterrizaje limpio mientras el Atlántico seguía rugiendo de fondo. Al apagar los motores, miré la torre roja y blanca y luego el mando. Sabía que en esa tarjeta de memoria llevaba la esencia de Silleiro, el pulso del mar gallego capturado desde el cielo.