



El viento de la Costa da Morte soplaba con esa fuerza limpia y salvaje que solo se encuentra en los límites de la tierra. Me encontraba en el Cabo Touriñán, el verdadero punto más occidental de la España peninsular, un lugar de acantilados negros y un mar atlántico furioso que parecía rugir con historias de antiguos naufragios.
Coloqué la mochila en un banco de piedra, y saqué el dron. Tras retirar el protector de la cámara y desplegar las hélices, encendí el equipo. El pitido inicial fue una declaración de intenciones contrá el sonido del oleaje. Los satélites se sincronizaron uno a uno en la pantalla del mando. Todo estaba listo.
Despegué, empujando las palancas hacia arriba.
El dron se elevó con un zumbido firme, desafiando las rachas de viento que intentaban desestabilizarlo. En la pantalla, la perspectiva cambió por completo. Dejé atrás mi propia figura estática en el acantilado, y me elevé hacia el cielo grisáceo del atardecer.
Enfilé la aeronave hacia el faro de Touriñán. Desde el aire la estructura blanca y cilíndrica parecía un centinela solitario, desafiando a la inmensidad del océano.
Lo vole alrededor de la torre con movimientos lentos y precisos. Cada giro revelaba una perspectiva distinta. A un lado, el infinito azul del Atlántico; al otro, la costa gallega dibujando formas imposibles. El sol, todavía bájo, bañaba el faro con una luz dorada que convertía cada fotograma en una pequeña obra de arte.
De repente, un grupo de gaviotas apareció planeando junto al dron. Durante unos segundos parecieron acompañarlo en el vuelo, como si quisieran mostrarle el camino. Grabé aquel instante sabiendo que sería uno de los momentos más especiales del vídeo.
Al alcanzar la máxima altura permitida, detuve el dron unos instantes. Desde allí, el mundo parecía inmenso y silencioso. Solo el sonido del viento y el rumor constante del mar recordaban que la naturaleza seguía marcando el ritmo.
Después inicié el regreso. El dron descendió lentamente hasta posarse con precisión sobre el suelo. Apagué los motores y miré una vez más hacia el faro.
Sonreí. No solo había grabado un paisaje espectacular; había capturado la sensación de libertad que solo se encuentra cuando el cielo, el mar y la tecnología se unen en un mismo instante.
Al revisar las imágenes esa noche, comprendí que cada vuelo cuenta una historia. Y aquella, sobrevolando el faro de Touriñán, sería una de las que nunca olvidaría.