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Galicia a vista de dron_ Faro Cabo Vilán - YouTube y 4 páginas más - Personal_ Microsoft​

El viento en la Costa da Morte no sopla; embiste. Frente a mí, desafiando al Atlántico desde su acantilado de 25 metros, se alzaba, el Faro de Cabo Vilán. 

Coloqué el dron en una pequeña explanada de piedra, calibré los motores y esperé a que los satélites fijaran la posición. En este rincón de Camariñas, el mar ha devorado barcos enteros a lo largo de la historia. Quería capturar esa mezcla de belleza salvaje y respeto reverencial desde el aire. 

Los cuatro motores zumbaron como un enjambre de avispas furiosas y el dron se elevó en vertical. En la pantalla de mi mando, el suelo se alejó rápidamente. La perspectiva cambió por completo: lo que desde abajo parecía un camino de tierra se convirtió en una fina cicatriz blanca que cortaba el verde de la costa. 

Empujé la palanca hacia adelante. El dron avanzó venciendo la resistencia del viento racheado. En la pantalla vi aparecer la silueta octogonal de la torre del faro, recortada contra un horizonte infinito. Decidí hacer una toma de órbita cinematográfica alrededor de la linterna, y la antigua casa de los fareros, de un blanco impoluto, conectada a la torre por ese característico túnel cubierto y escalonado que la protege de los temporales. 

El relieve abrupto y escarpado de una costa que se ganó su trágico nombre a base de leyendas y naufragios. 

De repente, una racha de viento inesperada hizo temblar la imagen. El dron se mantuvo firme gracias a sus estabilizadores, flotando a escasos metros de la gran cúpula de vidrio que aloja la óptica del faro. Por un segundo, a través de la cámara, me pareció ver el reflejo de los antiguos fareros limpiando los cristales antes de la caída de la noche. 

El sol empezó a esconderse por el oeste, tiñendo las nubes de un color púrpura y dorado que se reflejaba en el mar de forma casi mística. Justo en ese instante el faro se encendió. Dos destellos blancos cruzaron el cielo, cortando la penumbra que empezaba a cernirse sobre el océano. 

Con la batería al 15%, inicié el descenso. El dron regresó volando bajo, hasta posarse suavemente a mis pies. 

Guardé las hélices, apagué el equipo y me quedé unos minutos en silencio, escuchando el rugido del mar. El dron había grabado imágenes espectaculares, pero la verdadera magia de Cabo Vilán —esa sensación de estar en el fin del mundo, donde la tierra se rinde ante el océano— se quedaba conmigo para siempre. 

Dicen los viejos marineros que en Cabo Vilán el mar no habla, sino que aúlla. Cuentan que, en las noches de temporal, cuando el viento del noroeste azota los acantilados de granito rosado, entre el rugido de las olas se escuchan los lamentos de los miles de almas que tragó la Costa da Morte. 

Pero las leyendas locales van más allá de la historia naval. Hablan de meigas que se reúnen en los islotes de las Sisargas y vuelan sobre Vilán burlando la luz del faro. 

Es un lugar donde la frontera entre la tierra, el mar y el mito es tan delgada como la espuma de las olas rompiendo contra las rocas.

Mi Cabo Vilan
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