



El sol de la tarde empezaba a caer sobre las Rías Baixas cuando encendí los motores. Un pitido agudo, el zumbido eléctrico de las cuatro hélices cogiendo fuerza y, de repente, el suelo se quedó abajo. En la pantalla de mi mando, la perspectiva cambió por completo: lo que a ras de tierra era un sendero de tierra batida, desde el cielo se convirtió en una línea perfecta que serpenteaba hacia el fin del mundo. Estaba suspendido sobre A Costa da Vela.
Decidí empezar volando bajo, acariciando la arena de la playa de Melide. Desde arriba, el agua atlántica no parecía brava, sino una lámina de cristal turquesa que rompía suavemente en una orilla blanca y desierta. Los pinos que bordean la playa parecían un ejército de pequeños brócolis verdes custodiando el mar. Al inclinar la cámara hacia el horizonte, las islas Cíes emergieron de la bruma atlántica como dos gigantes dormidos, protegiendo la ría.
Desde el aire, las islas parecían un escudo natural protegiendo la ría de Vigo, con la arena blanca de la playa de Rodas brillando incluso bajo el cielo cambiante de Galicia.
Giré el dron hacia el norte, ganando altura y velocidad para seguir la línea de los acantilados. El paisaje se volvió salvaje. La piedra granítica, esculpida por siglos de salitre y viento, cortaba el mar en formas imposibles.
Pronto divisé el primer hito de la ruta: el faro de A Robaleira. Desde el aire, su pequeña estructura cilíndrica pintada de un rojo intenso contrastaba brutalmente con el azul profundo del océano y el ocre de las rocas. Parecía un juguete, un centinela solitario y testarudo plantado en mitad de la nada. Hice una órbita lenta a su alrededor, capturando cómo la espuma blanca del mar lamía su base de piedra.
Casi sin solución de continuidad, siguiendo la silueta de la costa, apareció su gemelo: el faro de Subrido. Esta torre blanca y esbelta se alzaba con elegancia, sirviendo en mi pantalla como el encuadre perfecto para medir la inmensidad del paisaje. El dron avanzaba con suavidad, luchando ligeramente contra la brisa marina que entraba limpia desde el Atlántico abierto.
Y entonces, encaré el tramo final. El terreno se estrechó, afilándose como una aguja de piedra que se clava en el mar. Llegaba a Cabo Home.
Subí el dron a su altura máxima permitida. La perspectiva cenital era sobrecogedora. Su faro, uno de los más altos de la costa gallega, se convertía en un punto mínimo en una inmensidad de roca y espuma. El oleaje allí ya no era tranquilo; las olas chocaban con furia contra el acantilado, rompiendo en mil pedazos de color blanco que la cámara captaba en alta definición. En ese momento, con el sol tiñendo el cielo de tonos dorados y anaranjados, la Costa da Vela hacía honor a su nombre: parecía el lienzo de un barco antiguo resistiendo el envite del océano.
Con la batería parpadeando en rojo y el corazón a mil por hora tras haber navegado los cielos de uno de los lugares más mágicos de Galicia, inicié el descenso. Mientras el dron aterrizaba suavemente en mis manos, supe que no solo me llevaba unos gigabytes de vídeo en una tarjeta de memoria; me llevaba la sensación de haber sido, por unos minutos, un ave marina planeando sobre el verdadero fin del mundo.