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El faro del Cabo de Santa María recortaba el horizonte de la isla de Farol como un guardián de piedra enmarcado por las olas del Algarve. El viento soplaba suave, perfecto para despegar. Coloqué el dron en la arena seca, encendí los motores y con un ligero zumbido, la aeronave ascendió rápidamente en el aire. 
A través de la pantalla, la tierra se desplegó en un mosaico de tonos turquesa. Mientras grababa, imaginé la historia de un antiguo farero llamado Manuel. Decían que conocía cada estrella y cada corriente del Algarve. En las noches de tormenta permanecía junto a la lámpara hasta el amanecer, convencido de que una sola luz podía cambiar el destino de un barco entero. 
Con los años, Manuel desapareció, pero los pescadores aseguraban que cuando la niebla cubría el cabo, aún podía verse una silueta recorriendo la galería del faro. No era un fantasma que inspirara miedo, sino un guardián que seguía vigilando el horizonte para que nadie se perdiera. 
El dron continuó elevándose. Desde aquella altura, el faro parecía diminuto frente a la inmensidad del océano, pero comprendí que el verdadero tamaño de un faro no se mide por sus metros de altura, sino por la cantidad de vidas que ha guiado. 
De pronto, sobre la linterna roja del faro, una sombra veloz cruzó la pantalla. Un halcón peregrino pasó a escasos metros de la lente. Durante unos segundos que parecieron detener el tiempo, el ave y la máquina compartieron la misma corriente de aire, planeando en perfecta sincronía sobre la cúspide del monumento. 
Llevé el dron hacia la cima de la torre blanca. Volando en un suave círculo alrededor de su linterna, la cámara captó el contraste entre la solidez de la arquitectura construida en el siglo XIX y el movimiento constante del mar golpeando el cabo. Desde esa altura, el punto más meridional del Portugal continental revelaba su verdadera naturaleza: una frontera silente entre el descanso de la laguna y la fuerza del océano abierto. 
Dicen los pescadores más veteranos del Algarve que existe un rincón de la Ría Formosa donde el mar nunca tiene el mismo color dos veces. Al amanecer es de jade, al mediodía se vuelve turquesa y cuando el sol comienza a esconderse, se transforma en una inmensa esmeralda líquida. Por eso bautizaron aquel lugar como la Costa Esmeralda. 
Cuando inicié el descenso, el resplandor verde comenzó a desaparecer poco a poco. La marea seguía igual, el cielo también, pero algo había cambiado en mí. 
Porque hay lugares que la naturaleza creó para ser contemplados... 
Y otros, como la Costa Esmeralda de la Ría Formosa, que parecen haber sido creados para enseñarnos que la mayor aventura consiste simplemente en detenerse a admirar el mundo desde otra perspectiva.

Mi Cabo Santa Maria
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