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El sol de la tarde empezaba a caer sobre la ría de Arousa, tiñendo el agua de un tono dorado y profundo. Tenía todo listo para grabar en Punta Cabalo: mi Mavic Mini descansaba sobre las rocas graníticas, con sus hélices quietas, esperando la orden de despegar. 

Encendí el mando. Los motores del pequeño dron emitieron su característico pitido y, con un suave zumbido, se elevó hacia el cielo. 

Llevé el dron ría adentro para girar la cámara y encuadrar el faro. Desde el aire, la silueta blanca de la torre contrastaba con el naranja del atardecer y el azul oscuro del mar. Hice un vuelo orbital perfecto; las bateas flotaban al fondo como un laberinto ordenado sobre el agua.  

Ahí es donde el propio faro de Punta Cabalo guarda su mejor secreto para un creador de historias. Su antigua base ya no alberga a los fareros de antaño, sino a un rincón donde recuperar fuerzas. Me dirigí a la encantadora terraza del restaurante del faro, el lugar perfecto para "cargar las pilas", en todos los sentidos.

Me senté en una de las mesas de piedra exteriores. Pedí un albariño frío que brillaba con el mismo tono dorado que el sol poniente. 

La estampa no podía ser más perfecta: decían los viejos marineros que el paisaje de Punta Cabalo no era hermoso. Era algo más peligroso: era hipnotizador. 

Quien contemplaba demasiado tiempo el faro, las rocas de granito y el horizonte líquido de la ría, comenzaba a olvidar quién era para recordar algo que nunca había vivido. Yo seguía sentado en la mesa de piedra esperando. 

No sabía qué esperaba exactamente. Tal vez una respuesta. Tal vez un olvido. 

Entonces vi unos puntos verdes y azules que brillaban bajo las aguas oscuras, como si las estrellas hubieran decidido abandonar el cielo para habitar la ría. Me levanté lentamente y comprendí, con una certeza imposible, por qué los habitantes de la isla llamaban hipnotizador a este paisaje. 

No era un lugar que mostrara el mundo. Era un lugar que mostraba todo aquello que el mundo había olvidado. Y cuanto más tiempo permanecías allí, más difícil resultaba recordar cuál de tus recuerdos te pertenecía realmente. 

Mi Punta Cabalo
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