



El otoño en Ferrol tiene una luz distinta, más íntima, casi cinematográfica. Aquella tarde, el viento nos dio una tregua y decidí que era el momento perfecto para elevar el dron y capturar la ría desde otra perspectiva.
El sol comenzaba a esconderse tras la ría de Ferrol cuando elevé el dron, sobre las aguas tranquilas de la ria. Desde el cielo, el faro de A Palma se alzaba sereno, como si llevara siglos esperando mi visita aquella tarde para capturar las últimas luces del día. Mientras el dron giraba lentamente alrededor de la torre blanca, una extraña sensación se apoderó de mí parecía que el faro quería contarme algo.
Las olas golpeaban suavemente las rocas y las gaviotas regresaban a sus refugios. Entonces, a través de la pantalla de control, descubrí algo una vieja inscripción casi borrada por el tiempo. Intrigado, decidí acercarme cuando aterrizó el dron.
Entre las piedras encontré una chapa metálica y oxidada, con una inscripción que decía «Mientras esta luz siga brillando, ningún marinero estará solo» y en una esquina una fecha 1898. La había escrito un antiguo farero, quien dedicó toda su vida a mantener encendida la luz que guiaba a los barcos en las noches de tormenta.
Levante la vista hacia el faro. El viento traía el aroma salado del mar y, por un instante, creí escuchar la voz del viejo guardián mezclada con el rumor de las olas que me quería decir que algunos lugares no solo iluminan el camino de los navegantes, sino también los recuerdos y las historias que el tiempo se empeña en conservar.
Desde entonces, cada vez que contemplaba aquellas grabaciones, recordaba las palabras del viejo farero y sonreía, sabiendo que la luz de A Palma seguía velando por todos los que surcan el mar.