



El Faro de Lariño (en la Costa de la Muerte) es uno de los lugares más espectaculares y magnéticos para volar un dron. Esa mezcla de Atlántico salvaje, granito y la luz del faro es pura magia.
El viento en la costa de Lariño siempre cuenta historias, pero esa tarde soplaba con una fijeza extraña, como si supiera que algo estaba a punto de quedar inmortalizado.
Coloqué el dron en el suelo, sobre la hierba batida por el salitre, a unos metros, el faro. La luz del atardecer empezaba a teñirse de un oro viejo, casi de fuego; el momento exacto que los fotógrafos llaman "la hora mágica".
Encendí los motores. Con un suave movimiento de los joysticks, el aparato se elevó, desafiando las rachas de aire que venían del océano.
A través de la pantalla del mando, el mundo cambió de perspectiva. Lo que a ras de suelo parecía un faro robusto y estático, desde el aire se convirtió en el guardián de una frontera salvaje.
El dron subió en vertical, dejando ver la silueta circular de la torre del faro.
Me acerqué con cuidado, vigilando las ráfagas. En la pantalla vi de cerca la gran linterna de cristal, el corazón del faro que lleva desde 1921 guiando a los barcos para que no encallen en la temible Costa da Morte.
Hice retroceder el dron a toda velocidad mientras abría el plano. La playa de Ancoradoira apareció a la izquierda, una curva desierta de arena fina, mientras el sol comenzaba a hundirse directamente en el mar, justo detrás de la silueta del faro.
En ese último plano, con el faro interponiéndose entre la cámara y el sol poniente, la luz creó un efecto de silueta perfecta. Parecía que el faro no solo vigilaba el mar, sino que encendía el mismísimo atardecer.
"Cuentan los viejos marineros de la playa de Ancoradoira que el Faro de Lariño no se construyó sobre tierra firme, sino sobre el lomo de una criatura ancestral: una ballena mítica que quedó petrificada por los dioses para proteger la costa de los feroces temporales del norte.
La leyenda dice que cada vez que una tormenta azota la Costa de la Muerte, el espíritu del mar intenta despertar a la bestia. Para evitar que la ballena de piedra se mueva y provoque el fin del mundo costero, los humanos construyeron el faro justo en su cabeza, clavándolo como un arpón de luz. La linterna del faro brilla con un fuego sagrado alimentado por las almas de los marineros que prometieron cuidar el mar desde el más allá.
Dicen que si vuelas un pájaro de metal (un dron) muy cerca de la linterna en una noche de bruma, los motores empezarán a cantar con una frecuencia extraña. No es un fallo técnico: es el susurro de la ballena de piedra, que confunde el zumbido de las hélices con el canto de sus compañeras de los fondos marinos, agradeciendo al piloto que vigile el horizonte desde los cielos".
Al traer el dron de vuelta y escuchar el suave "clic" de las hélices deteniéndose, supe que no solo me llevaba unos gigabytes de vídeo en la tarjeta de memoria. Me llevaba la luz de Galicia atrapada en un encuadre perfecto.