



Era una tarde de esas en las que Galicia te regala una luz que parece sacada de un cuadro. No soplaba ni una gota de viento en el Faro de Monte Louro.
Coloqué la mochila en una roca plana, saqué el dron y retiré el protector del estabilizador de la cámara. Revisé los satélites en la pantalla de mi mando: todo en orden. Con un suave toque en las palancas, las hélices empezaron a zumbar y el aparato se elevó verticalmente.
Mirando fijamente la pantalla, inicié el vuelo hacia la imponente mole de granito de Monte Louro.
A medida que el dron ganaba altura y se adentraba en el mar, el paisaje empezó a abrirse de una forma espectacular. A la izquierda, la inmensidad de la ría de Muros y Noia; al frente, el fiero cabo que vigila la entrada. El sol ya estaba bajo, tiñendo el agua de un tono dorado y cobre que hacía que las olas pareciesen metal líquido.
Desde el aire, la pequeña torre blanca y cilíndrica parecía un centinela solitario desafiando al océano. Decidí empezar con una toma clásica pero infalible: un vuelo de órbita. Programé el dron para que girara en un círculo perfecto alrededor de la linterna del faro, manteniendo el foco fijo en su estructura. En la pantalla, el contraste era brutal: la blancura inmaculada de la torre, el verde oliva de los matorrales del monte y el azul profundo del mar rompiendo en espuma blanca contra los acantilados de piedra.
Pero la toma reina de la tarde estaba por llegar.
Llevé el dron a unos doscientos metros de distancia, apuntando directamente al faro con el horizonte de fondo. Inicié una aproximación lenta y fluida, un traveling hacia adelante bajando suavemente la cámara a ras de los acantilados. En ese preciso instante, el sol empezó a esconderse justo detrás de la torre. El efecto fue mágico.
Justo cuando el dron pasaba a escasos metros por encima de la cúpula del faro, incliné la cámara totalmente hacia abajo. La perspectiva cambió por completo: el faro se convirtió en un punto blanco perfecto en el centro de un lienzo salvaje de rocas oscuras y mar embravecido. Era la geometría perfecta de la mano del hombre en medio del caos de la naturaleza gallega.
Con la batería al 25 %, inicié el camino de vuelta.
Cuando el dron aterrizó suavemente, me quedé unos segundos en silencio. Apagué los motores, saqué la tarjeta de memoria y la guardé en el bolsillo como si fuera un tesoro. Sabía que en ese pequeño trozo de plástico llevaba guardada, para siempre, el alma de Monte Louro vista desde los ojos de un pájaro.