top of page
Santa-Marta-Cascais-18-8-2025.png
Películas y TV 18_08_2025 18_02_00.png

Antes de que el dron despegara, el faro ya estaba contando su historia. No necesitaba palabras ni testigos. Bastaban el rumor del Atlántico, el vuelo de las gaviotas y el viento que acariciaba las rocas de Cascais. 
Cuando las hélices comenzaron a girar, el dron se elevó como si respondiera a una llamada antigua. Poco a poco, el faro quedó bajo sus alas, mostrando una perspectiva que pocos ojos tienen el privilegio de contemplar. Desde el cielo, la torre blanca con su linterna azul parecía un guardián sereno, vigilando el encuentro eterno entre la tierra y el océano. 
A medida que el dron ganaba altura, la costa portuguesa empezó a desplegarse como un lienzo. El verde de la vegetación, el ocre de las rocas talladas por el mar y el azul profundo del Atlántico se fundían en un contraste perfecto. Y allí, imponente, destacaba, el Faro de Santa Marta. 
Con sus icónicas franjas horizontales de color azul y blanco, el faro no era solo una estructura de piedra; parecía un centinela velando por la entrada a la bahía de Cascais. Desde la perspectiva aérea, los detalles cobraron una nueva dimensión. La cámara comenzó a deslizarse suavemente sobre la fortaleza del siglo XVII que abraza la torre, mostrando cómo las olas rompen con fuerza contra los muros de piedra, levantando una espuma blanca que desaparecía tan rápido como llegaba. 
Inicié una maniobra suave de elevación. La lente de la cámara empezó a revelar los detalles que solo los pájaros conocen: 
como los acantilados oscuros, azotados por la espuma blanca del mar, o la Casa de Santa Marta, una joya arquitectónica abrazada por la bahía de Cascais.
Decidí hacer una toma circular, rodeando la torre del faro. A medida que el dron giraba, la luz del atardecer rebotaba sobre los azulejos y las paredes encaladas. Por un segundo, mirando la pantalla, sentí una especie de viaje en el tiempo: imaginé cuántas historias de marineros, tormentas y regresos habrían sido guiadas por la luz de esa misma torre a lo largo de los siglos. Solo que hoy, el testigo no era un farero encendiendo la lámpara, sino un ojo digital flotando en el viento. 
Ajusté el ángulo de la cámara hacia abajo, haciendo un plano picado. El agua turquesa que rodeaba las rocas creaba un contraste deslumbrante con la geometría perfecta del faro. Fue el momento mágico de la jornada, la toma perfecta. 
Un aviso de batería baja en la pantalla me devolvió a la realidad. Con un movimiento suave de los mandos, inicié el regreso. El dron aterrizó y los motores se apagaron, pero en la tarjeta de memoria —y en mi retina— ya había quedado guardada la magia de haber visto Cascais desde el cielo. 

Mi Santa Marta
00:00 / 04:25
bottom of page