



El viento en la desembocadura del río Duero siempre huele a sal, misterio y Atlántico indomable. Allí, al final del espigón de Foz do Douro, se alza el faro de Felgueiras, una torre hexagonal de granito que ha contemplado durante décadas cómo el océano intenta engullir la tierra.
El mar no estaba en calma. Las olas rompían contra el malecón levantando colosos de agua de más de ocho metros de altura, arrojando espuma blanca contra la linterna del faro rojo. Para cualquiera, era una escena imponente; para mí, era la toma perfecta.
Saqué el dron de la mochila. El viento me hacía dudar por momentos, pero la luz del atardecer —un dorado metálico mezclado con tonos violáceos— hacía que no dudase mucho. Coloqué la aeronave en el suelo, encendí la emisora y los motores zumbaron, elevándose rápidamente sobre la brisa marina.
Llevé el dron en un ascenso progresivo mientras la cámara apuntaba hacia el faro. A través del visor, Felgueiras ya no era solo un monumento: era un guerrero de piedra solitario resistiendo el embate furioso del océano.
Decidí arriesgar. Descendí la altitud y realicé una órbita lenta alrededor de la estructura de granito. Con cada metro que el dron avanzaba, una ola estallaba justo debajo de la cámara, creando una cortina de rocío que casi rozaba los sensores. Mi corazón daba un vuelco con cada ráfaga de viento que la brújula interna intentaba compensar.
"Capturar la naturaleza en su estado más salvaje siempre exige rozar sus límites."
Cuando la batería marcó el 30 %, supe que solo me quedaba un intento para la toma final. Alejé el dron hacia el horizonte, sobre las aguas profundas del Atlántico, e inicié un vuelo frontal en cámara lenta hacia el faro, volando a escasos metros sobre el nivel de las crestas de las olas.
En ese preciso instante, una ola monumental chocó contra la proa del espigón. El agua subió envuelta en espuma, rodeando la base del faro y cubriendo la linterna justo cuando el dron pasaba por encima.
Pulsé el botón de retorno a casa y aterricé el dron sano y salvo.