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ILLA COELLEIRA - La isla templaria de A Mariña - O Vicedo - Lugo (RGSDron) - YouTube y 5 p
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El mar Cantábrico se mostraba inusualmente manso esa tarde frente a la costa de O Vicedo. A bordo de una pequeña barca de pesca que mecía suavemente las olas, termine de calibrar los motores del dron. Frente a mi, majestuosa y solitaria, se alzaba la Isla Coelleira, un trozo de tierra verde y escarpada rodeada de acantilados donde las leyendas locales aseguran que el viento nunca calla. ​

Con un leve zumbido, el dron se elevó desde la proa de la barca. En la pantalla del mando, la perspectiva cambió por completo. La isla se reveló en toda su fiera belleza: ​

El manto verde: Antaño poblado por miles de conejos (de ahí su nombre, Coelleira). ​

Las cicatrices de piedra: Los restos del monasterio del siglo VI, donde monjes templarios y benedictinos buscaron la paz absoluta... o escondieron secretos oscuros. ​

El acantilado norte: Donde el agua rompe con una fuerza implacable. ​

El dron avanzaba sin problemas, barriendo la superficie a cincuenta metros de altura, maravillado por la nitidez de la imagen. Decidi descender un poco más sobre el área de las ruinas del monasterio. ​

Cuentan los viejos marineros de la Mariña Lucense que, en el año 1532, una terrible epidemia o una incursión pirata, según quién cuente la historia, acabó con la vida de todos los monjes de la isla. Sin embargo, el último de ellos, antes de expirar, lanzó una bendición y una advertencia al mar: la isla pertenecería a la naturaleza y a los espíritus, y cualquiera que osara perturbar su descanso con ojos codiciosos sería cegado por la "Bruma del Olvido". A través de la cámara del dron, note una extraña niebla densa y blanquecina que comenzó a brotar, no del mar, sino directamente de las piedras del viejo monasterio. No era una niebla común; se movía a contracorriente del viento del nordés. 

intente elevar el dron para no perder la visibilidad, pero los controles no respondían con la velocidad habitual. En el monitor, las interferencias dibujaban líneas estáticas. Justo antes de perder la señal por completo, la cámara captó algo que me congeló la sangre: ​​

En el centro del patio en ruinas, donde solo debería haber maleza, la cámara enfocó una silueta oscura. No era un reflejo, ni un arbusto. Era la figura de un hombre con una túnica desgastada, estático, mirando directamente hacia el dron.  ​​

Preso del pánico, active el botón de Regreso a Casa. El silencio en la barca era sepulcral, roto solo por el golpeteo del agua contra el casco. ​​

De repente, entre la bruma que ya se disipaba en la isla, apareció el dron. Aterrizó ruidosamente sobre la lona de la barca. lo cogi de inmediato, apage la batería y revise la tarjeta de memoria. ​​

Al reproducir el video, la grabación era perfecta hasta el momento de llegar a las ruinas. A partir de ahí, solo había una pantalla negra y de la niebla no quedaba rastro digital. ​​

Mire de reojo a la Isla Coelleira. El sol se estaba ocultando, tiñendo el agua de un rojo dorado. Guarde el equipo en la mochila, y puse rumbo a puerto. Había aprendido la lección: la Coelleira permite ser admirada, pero hay secretos ancestrales que no están hechos para ser grabados. ​

4-Coelleira
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