



El amanecer en la ría de Arousa tiene un color especial, como de plata vieja que empieza a brillar con los primeros rayos de sol. Desde Ribeira, pusimos rumbo a la pequeña y misteriosa isla de A Rúa.
La barca flotaba con suavidad sobre un mar inusualmente calmo, apenas un balanceo rítmico que parecía acompasarse con los latidos del corazón. El motor al ralentí rompía el silencio sepulcral de la ría. Nos detuvimos a unos cien metros del islote, una mole de granito pulida por siglos de temporales atlánticos. Allí, en la popa de la embarcación, saqué el dron de la mochila.
Colocar el dron en la pequeña plataforma de la barca, con el vaivén del agua, siempre da un vuelco al corazón. Los motores arrancaron con su zumbido agudo y, con un toque suave de palanca, el aparato se elevó verticalmente, dejando atrás la seguridad de la madera para adentrarse en el islote.
A través de la pantalla del mando, contemplo la isla a vista de pájaro; es un regalo que nunca deja de asombrar.
Primero, una toma cenital: nuestra barca parecía un juguete flotando en un desierto de cristal turquesa y esmeralda. Luego, giré la cámara hacia el faro; inaugurado allá por 1864, se alzaba majestuoso sobre las rocas desnudas. Diseñado por el mismo ingeniero que proyectó el de Fisterra, su silueta de sillería de granito parecía brotar de la propia roca de la isla, como si siempre hubiera formado parte de ella.
Aceleré el dron en un vuelo lineal y rasante sobre el agua, ganando velocidad. El mar pasaba a toda velocidad bajo la cámara hasta que, con un movimiento fluido, elevé el morro para rodear la torre del faro. En la pantalla vi los detalles que desde la barca eran invisibles: las ventanas cerradas que alguna vez cobijaron a los fareros, la linterna apagada esperando la noche, y las colonias de cormoranes y gaviotas que, sobresaltadas por el intruso volador, levantaron el vuelo creando una coreografía salvaje a su alrededor.
La luz de la mañana era perfecta. El sol, aún bajo, pintaba de un dorado suave las paredes de piedra del faro. Detrás de él, la inmensidad de la ría y el perfil lejano de la península de O Grove completaban un cuadro que parecía pintado a mano.
Tras quince minutos de pura magia visual, el aviso de batería baja en el mando me trajo de vuelta a la realidad. Llegaba el momento más crítico: aterrizar el dron en una barca en constante movimiento.
Con los nervios templados, fui trayendo el aparato de regreso. Ya lo escuchaba sobre nuestras cabezas. Mientras mi compañero sujetaba la barca lo más firme posible, bajé el dron centímetro a centímetro. Extendí la mano izquierda, el dron descendió con precisión matemática y, con un suave 'clic', agarré el chasis y apagué los motores.
El silencio volvió a inundar la ría. Guardé la tarjeta de memoria en el bolsillo como quien esconde un tesoro. El faro de A Rúa se quedaba allí, imperturbable, guardando las aguas de Ribeira, pero ahora una parte de su alma solitaria viajaba conmigo de vuelta.