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Isla de Ons vista desde el aire - YouTube y 4 páginas más - Personal_ Microsoft​ Edge 10_0

El viaje empieza en el muelle de Bueu. El ferri, un gigante de casco blanco y olor a gasoil y salitre, cabecea suavemente mientras los pasajeros subimos a bordo. Llevo la mochila a la espalda, protegiendo mi dron como si fuera de cristal; sé que las islas Atlánticas no se entregan fácilmente a los objetivos de las cámaras si no se las respeta. 

A medida que el barco se aleja de la costa, el traqueteo del motor se convierte en un pulso constante. Las gaviotas, viejas conocidas de estos trayectos, se emparejan con la estela del ferri, planeando casi sin esfuerzo a la altura de la cubierta superior. El viento en la cara ya no es la brisa de la ría; es el Atlántico limpio, frío y un poco salvaje. De repente, entre la niebla matinal, la silueta recortada de la isla de Ons empieza a ganar volumen. No tiene las playas tropicales de las Cíes, tiene algo más magnético: una presencia robusta, de roca expuesta y matorral bajo, el hogar de los antiguos isleños que desafiaron al aislamiento. 

El ferri atraca con un golpe sordo contra los neumáticos del muelle. Al bajar, el olor a tierra mojada y a tojo me golpea de repente. Pero no me quedo en el puerto. Busco la altura. 

Subo por los senderos de tierra hacia la parte más alta de la isla, cerca del faro, donde el viento amaina un poco gracias a la orografía. Busco un claro de roca limpia. Es el momento. 

Encender el dron en Ons es como liberar a un halcón mecánico. Al encenderlo, sus hélices emitieron un pitido agudo que rompió el murmullo de las olas; un zumbido en mitad de un paraíso salvaje. 

—A volar —susurré. 

El dron despegó en vertical, ganando altura con rapidez. En la pantalla de mi mando, el mundo empezó a cambiar. 

A través de la pantalla, la isla se revela en toda su majestuosidad. 

Llevo el dron hacia el lado occidental, la cara oculta que no se ve desde la ría. Lo que aparece en el monitor me corta la respiración. Mientras que la cara oriental, donde nos dejó el ferri, es suave y acuna playas de arena blanca, el oeste es una muralla de acantilados negros y gigantescos que reciben el castigo directo del océano. 

Hago descender el dron con cuidado, desafiando las corrientes térmicas, hacia el Buraco do Inferno, una fosa marina profunda donde el agua ruge como un animal atrapado. Desde el aire, el contraste es brutal: el azul marino profundo del agua, rompiéndose en una espuma blanca y furiosa contra el granito. Es una perspectiva que ningún marinero, ningún senderista, puede tener. Es la mirada del ave. 

Subí el dron a más de cien metros para una última toma panorámica. Desde allí arriba, Ons ya no era solo una isla; era un gigante de piedra protegiendo la entrada de la ría de Pontevedra, flotando en un océano. 

El dron aterrizó suavemente sobre la misma roca, con las hélices deteniéndose poco a poco. Al guardarlo en la mochila, sentí que me llevaba conmigo un pedazo de la magia de Ons: no solo en la tarjeta de memoria, sino en la retina, habiendo visto la isla a través de los ojos de un ave. 

Mi Ons
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