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Tambo, la isla prohibida - YouTube y 4 páginas más - Personal_ Microsoft​ Edge 09_08_2025
Isla-de-Tambo-10-8-2025.png

Era una mañana de esas en las que la ría de Pontevedra amaneció sin un soplo de viento, las condiciones perfectas que llevaba semanas esperando. En la mochila cargaba mi dron; en la cabeza, una obsesión: capturar desde el cielo los secretos de la misteriosa Isla de Tambo. 

Llegué a la costa de Combarro cuando el sol empezaba a despuntar, tiñendo el agua de tonos anaranjados y púrpuras. Coloqué la batería, retiré el protector del estabilizador y encendí la emisora. El pitido de sincronización rompió el silencio de la mañana. Tras comprobar que los satélites estaban listos, arranqué los motores. Un zumbido agudo y constante inundó el aire mientras las hélices cortaban la brisa matutina. El dron se elevó, a diez metros, luego inició su viaje en línea recta hacia la isla. 

A través de la pantalla de mi mando, la perspectiva cambió por completo. Tambo se hacía cada vez más grande, como una inmensa ballena verde esmeralda dormida en medio de la ría. 

Cruzar el canal de agua siempre da un poco de vértigo; un fallo en los motores y el dron acabaría en el fondo del mar. Pero la señal era limpia y el vuelo, extrañamente suave. 

Al alcanzar la costa de la isla, decidí descender un poco para buscar el mítico Faro de Tenlo Chico. Apareció en la pantalla como un centinela blanco, desafiando al mar en la punta de la isla. Con un movimiento suave del joystick, hice que el dron orbitara a su alrededor. La silueta del faro era una imagen de postal que me puso la piel de gallina. 

Luego, dirigí la aeronave hacia el interior, sobrevolando la densa alfombra de pinos y eucaliptos. Desde el aire, Tambo se siente como un lugar detenido en el tiempo, un territorio prohibido que guarda las ruinas de un antiguo lazareto y los restos de una capilla dedicada a San Miguel. La cámara captaba los senderos vacíos, devorados por la vegetación, dándole al plano un aire de misterio absoluto. Parecía la filmación de una isla desierta a miles de kilómetros de la civilización. 

Giré la cámara hacia el sur para inmortalizar la playa. El agua allí era tan cristalina que, incluso desde el cielo, la cámara permitía distinguir el fondo de arena fina y las siluetas de las algas mecidas por la corriente. El blanco de la arena contrastaba con el verde del bosque flotando justo encima. 

La alerta de batería baja comenzó a parpadear en la pantalla. Era hora de volver. Activé el regreso al punto de origen y vi cómo el dron desandaba el camino de aire, trayendo consigo en su tarjeta de memoria los tesoros visuales de una isla llena de leyendas. 

Cuando los motores se apagaron y el dron descansó de nuevo sobre la hierba, supe que no solo había grabado unas imágenes espectaculares; sentía que, por unos minutos, había sido un pájaro sobrevolando el secreto mejor guardado de la ría. 

Mi Tambo
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