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Geoparque Costero de Viana do Castelo - Google Chrome 13_08_2025 17_35_40.png

El viento traía consigo el olor acre del salitre y un rumor constante de olas estrellándose contra las rocas graníticas de Carreço. Yo me encontraba sobre una cornisa de hierba, a pocos metros de la base del Faro de Montedor, sintiendo en la piel la brisa del norte de Portugal. 
Frente a mí se alzaba la imponente torre cuadrangular de granito. Con sus más de dos siglos de historia guardando la costa de Viana do Castelo, el faro transmitía una majestuosidad serena, ajena al paso del tiempo. 
Desplegué los brazos de mi dron sobre la hierba húmeda. El calibrado del compás y las hélices girando a bajas revoluciones emitieron ese zumbido metálico que para mí, marca siempre el inicio de la magia. Con un leve movimiento de los joysticks, la nave rompió el contacto con la tierra y ascendió limpiamente hacia el cielo plomizo. 
Incliné la cámara hacia abajo y ejecuté una órbita suave. Ver Montedor desde arriba era redescubrirlo completamente: el patrón geométrico de sus tejados rojos, el blanco impecable de las paredes anexas contrastando con la piedra oscura y más abajo, el laberinto de rocas batidas por la espuma blanca del mar. 
El viento dibujaba caminos invisibles sobre el océano y el dron los seguía con elegancia, capturando cada detalle. Desde aquella altura, todo parecía detenerse por un instante. 
Mientras observaba las imágenes en la pantalla del mando, comprendí que no solo estaba grabando un paisaje. Estaba guardando un momento irrepetible, una mezcla de naturaleza, historia y emoción. Cada giro del dron revelaba una nueva perspectiva, como si el faro quisiera mostrar todos sus secretos antes de volver al silencio. 
«Volar no es solo ver desde arriba; es encontrar el ritmo entre la máquina, el viento y la historia que se posa sobre la piedra». 
Aumenté la velocidad para hacer un barrido ascendente, partiendo desde la base de los acantilados donde el agua rugía con fuerza, subiendo a lo largo de los 28 metros de la torre, hasta culminar con el horizonte infinito del océano llenando el encuadre. El viento comenzó a soplar con más ganas, haciendo vibrar los motores del dron, pero la estabilización aguantó el tipo, regalándome una toma limpia y fluida. 
Cuando el vuelo terminó y el dron regresó suavemente a mis manos, sentí que había traído conmigo algo más que un vídeo. Había capturado la esencia de un lugar donde el tiempo avanza despacio y donde el mar y la tierra mantienen una conversación eterna. 
Al revisar la grabación, descubrí que las mejores imágenes no eran únicamente las más espectaculares, sino aquellas que transmitían paz. Porque a veces, un simple vuelo sobre el Faro de Montedor basta para recordar que la belleza siempre está ahí, esperando a ser contemplada desde un nuevo punto de vista.

Mi Montedor
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