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Monteferro, Islas Estelas y Cíes (Nigrán - Galicia 4 Febrero 2023) 4K - YouTube y 4 página

Grabar en Monteferro es una experiencia mágica. Ese rincón de Nigrán, donde el mar golpea con fuerza y las islas Cíes vigilan desde el horizonte, tiene una atmósfera única. 

El viento soplaba con esa intensidad que solo Galicia conoce; un aire con sabor a sal y a historias antiguas. En el suelo, junto a las rocas de granito rosa, ajustaba los últimos detalles. En la pantalla del mando, el Faro de Punta Lameda —la pequeña y robusta baliza de Monteferro— se recortaba contra el Atlántico. 

Arranqué los motores. Para las gaviotas que anidaban en los acantilados, aquello no era un dron; era un intruso, un extraño pájaro plateado que desafiaba las corrientes de aire. 

Subí el dron unos 20 metros, la perspectiva cambió por completo. La pantalla me devolvió una imagen que ningún humano en tierra podía replicar: el faro ya no parecía una torre solitaria, sino el guardián de un laberinto de espuma blanca y rocas afiladas. Dirigí el dron hacia el mar firme, haciendo un giro de 360 grados. Al fondo, difuminadas por la bruma costera, las Islas Cíes emergieron sobre el agua. 

En ese instante, comprendí algo: durante más de un siglo, ese faro había lanzado destellos en mitad de la noche para salvar a los marineros de un destino fatal contra las rocas. Hoy, mi "pájaro de metal" captaba su luz diurna para inmortalizar su eterna vigilia. 

Desde el aire, entre Monteferro y las Islas Cíes, se ven unos pequeños islotes llamados As Estelas. Son una pesadilla histórica para la navegación y la razón principal por la cual este faro tiene que estar encendido sin falta cada noche: sus bajos rocosos han provocado decenas de naufragios a lo largo de los siglos. 

Monteferro es considerado por los fotógrafos de la provincia como uno de los mejores puntos de Galicia para capturar la puesta de sol, ya que el sol se esconde justo detrás de las Islas Cíes, creando un contraluz perfecto para siluetas. 

Bajé el dron en un suave descenso, esquivando los pinos inclinados por el viento. Al guardarlo en la mochila, miré de reojo al faro. Seguía allí, impasible, esperando la próxima tormenta... o mi próximo vuelo. 

Mi Monteferro
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