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El sol de la tarde empezaba a caer sobre la costa de Valdoviño, el viento, que a veces es el peor enemigo de un dron, nos estaba dando una tregua: soplaba una brisa suave, salada, de esas que te limpian los pulmones. 

Coloqué la batería en el dron, y esperé a que los satélites se sincronizaran. Frente a mí se alzaba el Faro de A Frouxeira. No es el típico faro antiguo de piedra; su diseño vanguardista, blanco y azul, parece casi una escultura moderna. El zumbido de las hélices rompió el silencio por un instante, pero pronto quedó absorbido por la inmensidad del océano.  

Con un leve toque en el joystick, el aparato se elevó verticalmente. Diez, veinte, cincuenta metros. La perspectiva cambió por completo. La pantalla del mando me devolvió una imagen que me cortó la respiración: el acantilado recortado contra el mar embravecido, a medida que ascendía, la costa se desplegaba como un mapa antiguo. Las olas golpeaban con fuerza las rocas oscuras, levantando columnas de espuma blanca que parecían fantasmas danzando al ritmo del viento atlántico. En medio de aquel espectáculo natural se alzaba el faro, firme y sereno, como un viejo guardián que había contemplado miles de tormentas y amaneceres. 

El Faro de A Frouxeira en Valdoviño, es un lugar espectacular y casi futurista, pero volar un dron allí es todo un reto por el viento salvaje del Atlántico y los acantilados. 

Estaba despegando cerca de la estructura blanca y azul del faro.  

Activé el modo de vuelo orbital. El dron empezó a trazar un círculo perfecto alrededor de la torre del faro. Al pasar por el lado oeste, el sol poniente golpeó directamente los cristales de la linterna, creando un destello dorado cegador en la cámara. La estética del faro contrastaba de forma bellísima con los acantilados escarpados y cubiertos de musgo.  

A Frouxeira no solo es territorio de viento, sino de gaviotas. En mi segundo vuelo, buscaba una toma fluida rodeando la moderna torre del faro. De la nada, tres gaviotas gigantes aparecieron en la pantalla del mando, cruzándose a pocos metros de las hélices. Empezaron a trazar círculos concéntricos alrededor del dron, defendiendo lo que consideraban su espacio aéreo. Para evitar un accidente (que habría acabado con el dron destruido contra las rocas, tuve que hacer descender el dron a toda velocidad en vertical y aterrizarlo de emergencia.  

Porque en Galicia, las gaviotas imponen sus propias leyes de aviación. 

En lugar de entrar en pánico, bajé suavemente la altitud y lo giré para enfocar la linterna del faro. La luz del sol de la tarde se reflejaba en los cristales de la óptica, brillando como un diamante gigante. Aproveché ese instante de estabilidad para hacer una última toma panorámica: a la izquierda, la inmensidad de la playa de Frouxeira; a la derecha, los acantilados salvajes perdiéndose en la bruma. 

Con la batería rozando el veinte por ciento, inicié el descenso. El dron aterrizó con precisión milimétrica sobre la plataforma de roca, justo a mis pies. 

Al apagar el mando, el silencio del faro regresó, interrumpido solo por las gaviotas y el mar. Guardé el equipo sabiendo que en la tarjeta de memoria llevaba un pedazo de la magia salvaje de Galicia, capturada desde el cielo. 

Me senté en una roca a guardar las tarjetas de memoria mientras el faro, de forma automática, encendía su potente haz de luz blanca. Sus destellos empezaron a cortar la penumbra, cumpliendo su función de guiar a los barcos en una de las costas más peligrosas del mundo. 

Miré la pantalla del móvil para revisar los clips. La luz del atardecer, el diseño del faro y la fuerza del mar de Ferrolterra habían hecho su magia. Tenía una obra de arte guardada en el bolsillo. 

Mi audio A Fruxeira
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