



El viento en Malpica no sopla, ruge. Pero esa tarde la Costa da Morte había decidido concederte una tregua.
Sobre el granito esculpido por los siglos, sintiendo el pulso salvaje del Atlántico unos metros más abajo. A tu lado, el imponente faro de Punta Nariga se alza como la proa de un transatlántico de piedra tallado por el mismísimo océano. Diseñado por César Portela, el faro desafía al mar, coronado por esa escultura de bronce que parece mirar al infinito, debatiéndose entre ser un hombre o ser un ave a punto de levantar el vuelo.
El pitido de sincronización del dron rompe el murmullo de las olas por un segundo. Revisas los parámetros en la pantalla: satélites fijados, batería al cien por cien y una luz de atardecer que parece haber prendido fuego al horizonte gallego.
—Listo, pequeño —susurras.
Un suave toque en las palancas y los motores cobran vida, un zumbido eléctrico que se funde de inmediato con el eco de la resaca marina. El dron se eleva verticalmente, ganando altura con una suavidad pasmosa. En tu pantalla, el mundo empieza a transformarse. Lo que a pie de tierra es monumental, desde el cielo se vuelve pura poesía visual.
Decides trazar una línea perfecta. Llevas el dron mar adentro, dándole la espalda a la costa por un momento, buscando la distancia justa para el plano maestro. El Atlántico bajo la cámara es un lienzo de azules profundos salpicado de espuma blanca que choca furiosa contra las "tres Marías", esos islotes rocosos que custodian el cabo. No hay prisa; cada milímetro de joystick cuenta.
Giras la cámara 180 grados en un paneo ultrasuave. Y ahí está.
La silueta de Punta Nariga se recorta contra un cielo teñido de violeta y naranja encendido. La luz del sol moribundo golpea oblicuamente las texturas de las rocas graníticas, acentuando sus formas caprichosas, que parecen garras y monstruos petrificados por antiguas maldiciones de las meigas.
Un ascenso en órbita perfecto, combinando el giro sobre el eje con una ligera ganancia de altura. El dron se desliza por el aire como si flotara en aceite. En el centro del encuadre, la linterna del faro empieza a parpadear, cobrando vida justo cuando el sol besa la línea del océano. El haz de luz blanca cruza el plano de la cámara en un destello cegador, un pulso rítmico que parece el latido de un titán de roca.
A medida que el dron sube, la estatua de bronce de la proa se alinea perfectamente con el sol poniente. Por un instante mágico, gracias a la perspectiva aérea, parece que el hombre-pájaro sostiene el disco solar entre sus manos de metal antes de dejarlo caer en el abismo del mar. Es una toma limpia, fluida, de esas que no necesitan transiciones ni efectos en la mesa de edición.
Con el último hilo de luz y la batería avisando del regreso, trazas un descenso suave en línea recta, trayendo el dron de vuelta hacia ti. Mientras los motores se apagan sobre la roca, te quedas unos segundos en silencio. Tienes el frío de la Costa da Morte en la cara, el rugido del mar en los oídos y, en la tarjeta de memoria, la magia pura de Punta Nariga inmortalizada desde el cielo.