



El sol de la tarde empezaba a teñir de oro los acantilados de Cedeira cuando termine de ajustar las hélices del dron. A mis pies, el mar batía con una fuerza mansa pero constante contra las rocas, y unos metros más allá, desafiando al abismo, se alzaba el faro de Robaleira. Pequeño, blanco y con su característico cinturón rojo, parecía un guardián de piedra vigilando la entrada de la ría. Sabía que Galicia no se explica solo con lo que se ve, sino con lo que se esconde entre la niebla y el rumor del oleaje. Ese día, me había propuesto capturar el alma del faro desde el aire. El zumbido del dron rompió el silencio de la costa, compitiendo con el grito lejano de las gaviotas. Con suavidad, movi los joysticks y el aparato se elevó, hasta quedar suspendido sobre el vacío azul. A través de la pantalla empeze a ver el mundo con ojos de pájaro. La perspectiva era sobrecogedora. La silueta del faro, parecía el último reducto de la tierra firme. hize avanzar el dron en un semicírculo perfecto, rodeando la linterna del faro. En la pantalla, la luz del atardecer rebotaba en los cristales del farol, creando destellos que parecían destellos de magia antigua. De repente, la pantalla parpadeó. Una ráfaga de viento imprevista, de esas que nacen de la nada en las rías altas, sacudió el dron. El aparato luchó contra la corriente, estabilizándose justo a tiempo. Fue en ese momento de tensión cuando lo vi en la pantalla. Al pie del acantilado, justo donde la espuma del mar se deshacía en la roca, la cámara captó una sombra alargada y fluida que se deslizaba entre las olas. No parecía un pez. Se movía con una cadencia casi rítmica, como si bailara al compás del viento que silbaba en los acantilados, fascinado, baje la altitud del dron con cuidado, acercando la lente hacia la rompiente. La nitidez de la cámara reveló algo asombroso: los reflejos del agua formaban por un instante la silueta de una mujer de cabellos de alga y piel de plata que miraba fijamente hacia la luz del faro, para luego disolverse en un remolino de espuma blanca.—Una furna... o una mouras del mar —susurre para mí mismo, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con la brisa marina. En Galicia, los mitos nunca duermen; solo esperan a que alguien mire desde el ángulo correcto. El dron avisó de que la batería entraba en reserva. Con el corazón acelerado y las manos firmes, puse el aparato de vuelta, haciéndolo aterrizar suavemente sobre la hierba. Cuando recogió el equipo, mire de nuevo hacia el faro de Cedeira. La linterna ya se había encendido, proyectando su primer haz de luz de la noche. Guarde la tarjeta de memoria en el bolsillo como quien guarda un tesoro. Sabía que esa noche, al abrigo de una buena mesa y quizás bajo el conjuro de una queimada, tendría una nueva leyenda real que contar: la noche en que la tecnología y los viejos mitos de la costa gallega se encontraron en el aire.