



El sol de la tarde colgaba bajo. Aparqué el coche cerca del faro de Roncadoira y dejé que el viento me espabilara de golpe. No había nadie. Solo la mole blanca del faro, los acantilados de la Mariña Lucense cayendo a plomo y el rugido del mar chocando con las rocas trescientos metros más abajo.
Era el escenario perfecto. Saqué la mochila, desplegué las hélices del dron y lo calibré. Tras el pitido de sincronización, los motores arrancaron con un zumbido agudo, desafiando las ráfagas de aire. Lo elevé con suavidad, a través de la pantalla del mando, el mundo cambió de perspectiva.
Subí a cincuenta metros. La cámara captó la silueta del faro recortándose contra la inmensidad del océano. Con un giro suave del estabilizador, encuadré la costa recortada, los islotes de Gabeira que parecían gigantes dormidos bajo la espuma blanca. El encuadre era limpio, majestuoso, casi irreal.
Decidí arriesgar un poco más. Llevé el dron mar adentro y lo giré 180 grados para encarar el acantilado de frente. Quería un plano secuencia de aproximación: volar a ras de agua y luego subir verticalmente rozando la roca viva hasta superar la linterna del faro.
El dron avanzaba firme, luchando contra las corrientes térmicas. En la pantalla, las paredes de piedra oscura se acercaban a toda velocidad.
Tres, dos, uno... Elevación. El dron subió como un cohete exhalando un zumbido eléctrico. La roca pasaba a toda velocidad a escasos metros de la lente. Fue una toma limpia, épica. Al coronar el acantilado, el faro apareció de golpe, bañado por una luz dorada de atardecer gallego.
De repente, la pantalla parpadeó. Una línea estática cruzó la imagen.
«Extraño», pensé. En Roncadoira no hay líneas de alta tensión ni interferencias pesadas. Dejé el dron en vuelo estacionario a unos ochenta metros de altura, justo encima de la cúpula del faro, para comprobar la señal.
Fue entonces cuando la cámara captó algo extraño en la barandilla del mirador superior.
No había nadie conmigo en el cabo, de eso estaba seguro. Sin embargo, en la pantalla se apreciaba una silueta oscura, estática, mirando fijamente hacia el mar. Parpadeé, pensando que era un reflejo de la lente o una sombra del propio edificio. Acerqué el zoom digital.
La silueta no se movía, pero la señal comenzó a degradarse rápidamente. El mando empezó a pitar: Pérdida de señal de video. Alerta de viento fuerte. Pero las banderas del faro abajo apenas se movían.
El dron empezó a derivar por sí solo, como si una corriente invisible lo arrastrara hacia el vacío del acantilado. El indicador del GPS pasó de verde a un rojo parpadeante. Olvídate del plano cinematográfico. En ese momento, el único objetivo era salvar el equipo.
Giré de dirección para traerlo de vuelta, pero los motores rugían al máximo sin que el dron avanzara un solo metro. En la pantalla, la estática casi borraba la imagen, pero entre las rayas grises, la silueta de la barandilla pareció girar la cabeza directamente hacia la cámara del dron.
Un escalofrío me recorrió la espalda. Sentí el peso de una Galicia antigua, la de las leyendas que duermen en los acantilados y los vientos que traen historias de naufragios y ánimas. Rompí el bloqueo mental, respiré hondo y activé el modo de vuelta a casa.
El dron dio un sacudón violento, inclinándose hacia delante en un ángulo agresivo. Rompió la resistencia del aire y comenzó a avanzar, alejándose del faro.
En cuanto cruzó la línea invisible del acantilado y entró en el perímetro de la campa de hierba, la estática desapareció de golpe. La pantalla volvió a mostrar una imagen nítida de los acantilados iluminados por los últimos rayos de sol.
Lo aterricé de inmediato, casi de un golpe, sobre la hierba.
Me quedé unos segundos en silencio, escuchando solo el mar y mi propia respiración. Miré hacia la parte alta del faro. No había nada. Solo el cristal de la linterna destellando con los últimos restos de la tarde.
Recogí todo a toda prisa, metí la mochila en el maletero y me subí al coche. Antes de arrancar, no aguanté la curiosidad. Saqué la tarjeta de memoria del dron y la conecté a la tablet para revisar la grabación.
El video del ascenso vertical era impecable, nítido y espectacular. Pero justo en el segundo en que el dron corona el faro y comienza la estática, la imagen se congela. No hay siluetas, no hay sombras humanas.
Sonreí para mis adentros mientras ponía el coche en marcha. Roncadoira me había cobrado un pequeño peaje por profanar su cielo, pero a cambio, me había regalado una historia digna de ser contada.