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«Finis terrae» (donde acaba la tierra) da nombre al municipio gallego de Finisterre. Allí, a las puertas del extenso océano Atlántico, conocido por los romanos como «Mare externum», esta civilización y otros pueblos anteriores a ellos consideraban que el Cabo de Finisterre suponía el fin del mundo conocido, a su vez, el cercano Cabo de Touriñán ostenta el honor de ser la posición más occidental de España.

superado por el golfo más occidental de Europa que se encuentra en Portugal. El Cabo de Roca, conocido por los romanos como «Promontorium Magnum»

Según las coordenadas en un mapamundi, el Cabo de Roca se sitúa en el meridiano W9.5. De esta forma, el Cabo Touriñan sobrepasa el meridiano W9.3, mientras que más abajo el Cabo da Nave lo llega a tocar, pero el Cabo Finisterre no se acerca.

A lo largo del año cinco lugares de la costa atlántica ostentan el honor de ser el último lugar donde se pone el sol, que se va desplazando el sitio donde ver el último rayo de sol. Desde San Vicente y el Cabo da Roca, en Portugal, pasando por la Costa da Morte y de allí a Noruega, concretamente en Aglapsvik y Måsøy. Un trono cambiante en el que reina Galicia desde el 24 de marzo al 23 de abril y del 18 de agosto al 19 de septiembre, en concreto El Cabo Touriñán.

Y es que a pesar de que los romanos bautizaron el Cabo Finisterre así (Finis Terrae) porque creían que allí se terminaba la tierra y no había nada más allá, realmente no es el punto más occidental de la España peninsular. Lo supera por pocos kilómetros el Cabo Touriñán, un poco más al norte. Aunque la diferencia es tan pequeña entre ambos puntos que no se les puede reprochar a los romanos el error.

A pesar de todo ello, nadie puede restar importancia histórica a la singularidad geográfica del Cabo de Finisterre que atrajo durante siglos la atención de los geógrafos grecorromanos. Según cuenta la tradición en este monte los romanos encontraron un altar al sol (Ara Solis) construido ahí por los pueblos de origen celta que habitaron estas tierras antes de la romanización.

Este es un destino tan mágico que sólo se puede llegar a él dos veces al año: una a principios de la primavera y otra a finales del verano. Sí, para viajar a Touriñán, el punto más occidental de la España peninsular, se recomienda mirar siempre el calendario. No porque sus majestuosos paisajes atlánticos no merezcan la pena en cualquier momento, sino porque solo durante unos días al año se puede disfrutar aquí del último atardecer de la Europa continental.

La obsesión por las puestas de sol no es un invento moderno. Tras conquistar Gallaecia, el general romano Décimo Junio Bruto Galaico (180 a. C.–113 a. C.) ascendió hasta lo alto del Promontorium Nerium para contemplar el Finis Terrae.

A ese mismo punto al que hoy acuden miles de peregrinos y turistas para poner fin al camino de Santiago y que antes incluso de la llegada de los romanos era ya el lugar donde se rendía culto al sol.

A la última puesta de sol de Europa conviene llegar pronto. Avanzar hacia el viejo faro, un edificio de planta cuadrangular abandonado a principios de los años 80 sustituido actualmente por una torre automatizada, y dejarse empapar por las historias de uno de los rincones más fascinantes de A Costa da Morte. Aunque sea verano, es recomendable ir siempre bien abrigado.

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